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El significado político del siglo XX

El significado político del siglo XX
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jueves 24 de septiembre de 2026, 22:00h
Aleksandr Duguin
En este extracto del libro Politica Aeterna: Platonismo político y la Ilustración oscura, Aleksandr Duguin analiza la lucha ideológica entre el liberalismo, el comunismo y el fascismo en el siglo XX, argumentando que la victoria definitiva del liberalismo allanó el camino para la posmodernidad, la globalización y la erosión de las identidades colectivas, al tiempo que creó las condiciones para el surgimiento de la Cuarta Teoría Política.
La Cuarta Teoría Política es una matriz conceptual que describe la posibilidad de una alternativa a la corriente política que ha llegado a dominar la época moderna. Surge cuando la posmodernidad se establece plenamente en el ámbito de la filosofía política. Es a partir de ese momento cuando se descubre la verdad de la modernidad —es decir, la naturaleza de la Ilustración Oscura, de la que se ocupa directamente la Cuarta Teoría Política—. Mientras la esencia de lo moderno permaneció oculta y su estrategia ontológica y antropológica fundamental se distribuyó entre las tres ramas, la Cuarta Teoría Política no fue posible, porque el resultado de la lucha entre las tres teorías políticas de lo moderno dependía de la clarificación de su esencia más profunda. Y la Cuarta Teoría Política se corresponde exactamente con esta esencia —con esa verdad en el abismo (la materia), de la que hablaba Demócrito—. Por lo tanto, para describir en profundidad la Cuarta Teoría Política, es necesario volver a examinar la modernidad y la dialéctica del choque entre las tres principales teorías políticas inherentes a ella.
Reiteramos: las tres ideologías políticas principales de la época moderna —el liberalismo (como Primera Teoría Política), el comunismo (como Segunda Teoría Política) y el nacionalismo (como Tercera Teoría Política)— agotan y encarnan esencialmente todos los aspectos del paradigma mismo de la filosofía política moderna. Como dijimos anteriormente, en cada una de las tres teorías políticas el sujeto filosófico de la modernidad se trata de manera diferente: en el liberalismo como un individuo, en el comunismo como una clase, en el fascismo y el nacionalsocialismo como un Estado y una raza, respectivamente.
Estos conceptos políticos chocaron en el siglo XX y predeterminaron la estructura de las guerras mundiales, la Guerra Fría, las alianzas, las uniones y los bloques. Si la Primera Guerra Mundial fue un enfrentamiento entre varias grandes potencias nacionales europeas, la Segunda Guerra Mundial ya fue un enfrentamiento entre las tres fuerzas ideológicas: los liberales, representados por Occidente (EE. UU., Inglaterra); los comunistas, representados por la URSS; y los nazis/fascistas, representados por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, así como por otros movimientos afines a ellos.
En consecuencia, tras la derrota de la Tercera Teoría Política (el fascismo y el nacionalsocialismo), quedaron dos teorías políticas, la Primera y la Segunda, entre las cuales se desarrolló una guerra fría, hasta que la Primera Teoría Política (el liberalismo) derrotó a la Segunda (el comunismo) en 1989 y de manera decisiva en 1991.
Toda la historia de la modernidad estuvo marcada por estas tres teorías políticas, que encarnaban la matriz misma de la filosofía política de la Nueva Era. Todas ellas seguían la lógica de la filosofía política de la Madre: todas eran materialistas, evolucionistas, progresistas; todas contemplaban la estructura del mundo de abajo hacia arriba en lugar de arriba hacia abajo; es decir, se crearon sobre la base de una doctrina materialista inmanente.
En consecuencia, el orden en que surgieron y el orden en que desaparecieron (o fueron marginadas) también reflejaba una cierta lógica, ya que la batalla entre las tres ideologías políticas era una batalla sobre cuál de ellas se ajustaba más al paradigma de la modernidad, a su verdad. El comunismo afirmaba contener esta verdad, viéndose a sí mismo como una sociedad socialista y comunista que se construiría tras el fin del ciclo histórico del capitalismo. El liberalismo también se veía a sí mismo como una expresión de la modernidad en sí misma, pero —y esto es menos obvio— el fascismo también se consideraba una doctrina revolucionaria que reflejaba el espíritu de la modernidad, aunque en un contexto diferente, en proporciones distintas y con valores distintos a los del liberalismo y el comunismo.
En cualquier caso, las tres ideologías lucharon por ser la que encarnara el espíritu de la modernidad. Cada una creía ser la modernidad. Tras la derrota del nazismo, solo dos ideologías (el liberalismo y el comunismo) se disputaron este derecho y después de 1989–1991 resultó que el liberalismo había ganado esta larga batalla.
Es decir, de las tres teorías políticas del paradigma moderno, solo una ha demostrado ser verdaderamente paradigmática. Relacionados con esto están el proceso de globalización y la universalización de la ideología liberal, que ahora se ha convertido en la ideología global y en la única ideología que ha triunfado en el desarrollo de la historia política —es decir, salió victoriosa en Occidente y, debido a la influencia fundamental de Occidente, se ha extendido ampliamente por todo el mundo.
Aquí existe un vínculo directo con la afirmación de Francis Fukuyama sobre «el fin de la historia». «El fin de la historia» es la victoria definitiva e irreversible del liberalismo sobre sus rivales. Después de 1991 el liberalismo ya no era una de las tres ideologías, sino la ideología de la modernidad misma.
El capitalismo (el liberalismo) se veía originalmente a sí mismo como la encarnación del espíritu de la modernidad, pero esto no era necesariamente obvio para nadie, salvo para los propios representantes del liberalismo. Esto fue cuestionado por los comunistas y los fascistas y, en principio, la disputa entre las tres teorías políticas no se resolvió hasta varios siglos después. En todas las etapas persistió la posibilidad de un giro diferente de los acontecimientos políticos (y el comunismo planteó una seria pretensión de ser la encarnación de la modernidad y la fórmula ideológica para el «fin de la historia»). En un momento dado, los éxitos de la Alemania de Hitler fueron tan impresionantes que bien pudo haber existido la creencia de que sería el nazismo el que determinaría los cimientos ideológicos del futuro.
No fue sino hasta finales del siglo XX que se concretó la matriz incondicional de la historia política mundial, en la que el espíritu de la modernidad se impuso en forma de liberalismo. El liberalismo defendió su derecho a ser no solo una ideología, sino la Ideología con mayúscula. Así, la Primera Teoría Política de la modernidad se convirtió también en la última, la definitiva. De la victoria del liberalismo surgió la filosofía política de lo posmoderno. En consecuencia, el triunfo del individuo como átomo nos permitió pasar al nivel subatómico.
Así se determinó el ganador en la rivalidad entre las tres versiones ideológicas de la modernidad. Y prácticamente en el mismo período, el liberalismo, al haberse vuelto dominante y único, comenzó a revelar rápidamente su naturaleza totalitaria. Mientras tanto, el cambio de paradigma hacia lo posmoderno —cuyas precondiciones filosóficas se habían desarrollado unas décadas antes, pero que comenzó a adquirir una dimensión práctica en el ámbito de la política en la década de 1990— se aceleró de manera constante. Al mismo tiempo, también surgía una ola de política de género y ecopolítica, que anunciaba el auge del «liberalismo oscuro».
La modernidad, victoriosa con el liberalismo, pasó a la posmodernidad en una nueva etapa —posliberal—. Pero esto solo fue posible porque se abolieron todas las formas de identidad colectiva (el paradigma de la Tradición) y las definiciones artificiales alternativas del sujeto político de la Segunda Teoría Política (clase) y de la Tercera Teoría Política (Estado, raza).
Los liberales afirman que el individuo es la versión más reciente del átomo humano más auténtico y, por consiguiente, el fundamento filosófico y el sujeto político. Y solo después de la victoria de esta ideología y del triunfo del individuo humano —tal como se expresa en la ideología de la sociedad civil, la ideología de los derechos humanos, la ideología de la globalización y el mercado capitalista liberal mundial (la transición de la política global a la economía global, con la abolición de la historia, como escribió Fukuyama)—, solo en ese momento se abrió verdaderamente la puerta a lo posmoderno. Fueron los liberales quienes la abrieron y, por lo tanto, en el paradigma de la «Ilustración Oscura», es el «liberalismo oscuro» el que tiene el derecho a la primacía doctrinal y epistemológica.
Una vez que el átomo se confirmó como el fundamento básico del ser, todo movimiento posterior se dirigió al nivel subatómico. La fenomenología de la posfilosofía política (1), o la filosofía política de lo posmoderno, está vinculada a esto.
Así pues, sin la victoria del liberalismo, la victoria de lo posmoderno no habría sido posible. Para ser más precisos, en teoría, lo posmoderno podría haber sido diferente —muy probablemente comunista y menos probablemente fascista—. Sin embargo, el resultado del siglo XX en el ámbito de la ideología es inequívoco: lo posmoderno político se basa en el dominio absoluto alcanzado por la ideología liberal, la Primera Teoría Política, que derrotó por completo a la Segunda y a la Tercera.
Este es, a grandes rasgos, el contexto en el que se está construyendo la sociedad global. La sociedad global aún no es una realidad, es un proyecto. No obstante, existe como un «concepto» y se corresponde con un concepto similar: el «Occidente global». Cuando decimos «Occidente», nos referimos no solo al Occidente geográfico, sino también, por ejemplo, a Japón e incluso a la costa del Pacífico de China, donde prevalecen los modelos occidentales en economía, cultura y sociedad, así como a algunos países que siguen el modelo de desarrollo occidental en la región del Pacífico (Singapur, Taiwán, etc.). «Occidente» es global e ideológico al mismo tiempo. Ciertamente, Occidente aún no ha penetrado por completo en la esencia misma de todas las sociedades, pueblos y civilizaciones; sin embargo, esta penetración avanza a toda marcha a través de los mercados, la tecnología, la cultura, la información, la economía, la política, etc. Occidente no es solo un conjunto de potencias y sociedades europeas y norteamericanas. Es el proceso mismo de la globalización, la «posmodernización» y la difusión gradual de los códigos (y estratificaciones, para usar el término de Deleuze y Guattari) de la cultura euroamericana/euroatlántica a todo el planeta. Tras la victoria decisiva del liberalismo en la Guerra Fría, el mundo entero se ha convertido, en cierto sentido, en «Occidente», es decir, en un espacio de tal territorialización/desterritorialización, que se corresponde precisamente con el código liberal de «ensamblaje».
En consecuencia, la agenda de los procesos globales en la política mundial actual es el dominio del liberalismo y la afirmación de su victoria a escala global, la eliminación de los Estados-nación (como vemos en Europa) y la destrucción de todas las formas de identidad colectiva (nación, religión, género, etc.). En esta fase, la modernidad completa esa destrucción de las simetrías verticales y las identidades colectivas orgánicas que inició cuando se esbozó la transición de la sociedad tradicional (platonismo, aristotelismo, religión) a la sociedad moderna (materialismo, democracia, secularismo).
La obra Politica Aeterna de Alexander Dugin, lleva a los lectores a un fascinante recorrido por las estructuras atemporales del Logos político, revelando sus profundas conexiones con la filosofía, la metafísica y la ontología. Dugin explora magistralmente la política como un marco eterno y luego traza su dramática evolución a lo largo de los siglos. Al contrastar las sociedades tradicionales con las modernas, revela cómo las ideas políticas que alguna vez dominaron pueden llegar a marginarse o incluso considerarse «heréticas» con el paso del tiempo. El libro capta de manera brillante la tensión entre estas fuerzas opuestas, mostrando cómo la historia misma pone en primer plano ciertas estructuras políticas mientras que otras pasan a un segundo plano.
Dugin nos desafía a repensar nuestra comprensión de la metafísica política, argumentando que el tiempo distorsiona nuestras percepciones y ofrece solo verdades parciales moldeadas por momentos históricos específicos. A medida que navegamos por las diferentes fases de la historia política, nuestras perspectivas se ven inevitablemente influidas por la época en la que vivimos. Politica Aeterna es una lectura imprescindible para cualquiera que esté fascinado por las profundas raíces filosóficas de la política y el panorama en constante evolución del pensamiento político.
Notas:
  1. Dugin, «Postfilosofía».