geoestrategia.eu

La nueva máscara del Hegemón: cómo Estados Unidos cambia de forma para mantener su dominio global

La nueva máscara del Hegemón: cómo Estados Unidos cambia de forma para mantener su dominio global
Ampliar
Por Administrator
x
directorelespiadigitales/8/8/23
martes 17 de febrero de 2026, 22:00h
11 de febrero de 2026, 14:37h
Jaime DQVA
A primera vista, los documentos estratégicos que ha ido publicando la administración del presidente Donald Trump pintan un cuadro de retraimiento: un Estados Unidos que, hastiado de ser el policía del mundo, vuelve la mirada hacia su propio hemisferio, exige que sus aliados paguen su propia defensa y rechaza las guerras interminables. Sin embargo, un análisis más profundo revela una realidad distinta y más familiar. Lejos de abandonar sus ambiciones hegemónicas, Washington está simplemente recalibrando sus herramientas y discurso para preservar su primacía en un mundo donde nuevos actores, como China y Rusia, desafían abiertamente el orden unipolar de la posguerra fría. Lo que vemos no es un repliegue, sino una metamorfosis: un cambio táctico hacia un unilateralismo más agresivo y una carrera desesperada por el dominio tecnológico, particularmente en inteligencia artificial (IA), como último pilar para sostener un imperio que percibe su decadencia.
La retórica del "America First" no significa aislamiento, sino una concentración de recursos en áreas consideradas vitales para la seguridad inmediata y la proyección de poder a largo plazo. La estrategia nacional de seguridad es explícita al reafirmar la Doctrina Monroe con un nuevo giro: "We will assert and enforce a 'Trump Corollary' to the Monroe Doctrine" (The White House, 2025, p. 9). Este "Corolario Trump" no es una política de buena vecindad, sino una declaración de propiedad. La Estrategia de Defensa Nacional lo traduce en acción militar, priorizando "garantizar el acceso militar y comercial de Estados Unidos a terrenos clave, especialmente el Canal de Panamá, el Golfo de América y Groenlandia" (U.S. Department of War, 2025, p. 15-16). El hemisferio no es un refugio, sino una fortaleza y una zona de exclusión donde se niega a "competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas" (The White House, 2025, p. 19). Este repliegue es, en esencia, la consolidación de la retaguardia para librar batallas más decisivas en otros frentes.
Los documentos no ocultan la percepción de una rivalidad existencial. Se admite que "China ya es el segundo país más poderoso del mundo" y que su acumulación militar tiene "implicaciones excepcionalmente reales, de hecho, fundamentales, para los intereses vitales de nuestra nación" (U.S. Department of War, 2025, p. 9). La narrativa construye a China como un rival que se benefició del error estratégico estadounidense: "American elites—over four successive administrations... were either willing enablers of China's strategy or in denial" (The White House, 2025, p. 23). Respecto a Rusia, aunque se la considera una amenaza "manejable", se reconoce su poderío nuclear y su determinación, al tiempo que se responsabiliza a Europa de contenerla con un apoyo estadounidense "crítico pero más limitado" (U.S. Department of War, 2025, p. 10). Este reconocimiento no conduce a la búsqueda de un equilibrio de poderes multipolar, sino a la decisión de confrontar y contener.
La respuesta a este desafío multidimensional no es la diplomacia, sino una demostración de fuerza cruda y unilateral. La administración se jacta de operaciones militares quirúrgicas y devastadoras como Midnight Hammer, que "obliteró la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán" (The White House, 2025, p. 2), y Absolute Resolution, presentada como una lección para los narcoterroristas (U.S. Department of War, 2025, p. 8). Este patrón de acción militar directa, sin mediación multilateral, es característico de una potencia que, al sentir erosionada su hegemonía consensuada, recurre con mayor frecuencia al instrumento donde aún conserva una ventaja abrumadora: la fuerza militar. Se trata de una agresividad que busca compensar, a través de golpes espectaculares, la pérdida de influencia económica y diplomática relativa. Como afirma la propia Estrategia de Defensa, el objetivo es "ser la espada y el escudo de nuestra nación, siempre listos para ser empuñados con decisión" (U.S. Department of War, 2025, p. 6).
Consciente de que la supremacía militar convencional podría no ser suficiente a largo plazo frente a la ascensión sistémica de China, Estados Unidos identifica en la inteligencia artificial la palanca definitiva para "reshape the global balance of power" (The White House, Office of Science and Technology Policy, 2025, p. 2). El Plan de Acción de IA no deja lugar a dudas: se trata de una "carrera" que es un "imperativo de seguridad nacional" ganar (The White House, Office of Science and Technology Policy, 2025, p. 4). La visión es totalizadora: "Quien tenga el mayor ecosistema de IA establecerá los estándares globales... y cosechará amplios beneficios económicos y militares" (The White House, Office of Science and Technology Policy, 2025, p. 4).
Esta no es una política de innovación abierta, sino un proyecto de dominio tecnológico con claros contornos geopolíticos. Se propone "exportar la pila tecnológica completa de IA estadounidense" a aliados para crear dependencia y "evitar que nuestros adversarios se aprovechen gratuitamente de nuestra innovación" (The White House, Office of Science and Technology Policy, 2025, p. 23). Simultáneamente, se busca "contrarrestar la influencia china en los organismos de gobernanza internacional" (The White House, Office of Science and Technology Policy, 2025, p. 23) y reforzar los controles de exportación para sofocar el avance tecnológico rival. Es el intento de trazar un nuevo "Telón de Acero" digital, donde la hegemonía se consagre no solo con portaaviones, sino con centros de datos, modelos de lenguaje y chips de última generación.
La narrativa del repliegue es, en gran medida, un espejismo. Lo que los documentos estratégicos de 2025 delinean es la transición de una hegemonía basada en el liderazgo institucional y la provisión de bienes públicos globales (inestable y costosa), hacia una hegemonía más cruda, transaccional y basada en la coerción y el monopolio tecnológico. Estados Unidos no abandona el tablero global; redefine las reglas a su favor, obliga a sus aliados a asumir los costos de mantener el statu quo regional y se reserva el derecho de actuar unilateralmente con fuerza abrumadora donde sus intereses "vitales" —cada vez más amplios— estén en juego.
La agresividad militar y la obsesión por el dominio absoluto de la IA son las dos caras de una misma moneda: la de un imperio que, al percibir los cimientos de su poder tradicional erosionándose, se aferra con mayor desesperación a los pilares que aún controla y apuesta su futuro a una victoria tecnológica total. Como advierte el propio Plan de IA, esta carrera es para "ganar o perder" (The White House, Office of Science and Technology Policy, 2025, p. 5). En esta apuesta desesperada por recertificar su hegemonía, el mundo se encamina hacia una competencia tecnológica bipolar más peligrosa y una militarización de la política exterior estadounidense que, lejos de garantizar la "paz mediante la fuerza", podría ser el preludio de una era de inestabilidad y conflicto acelerado.
Referencias
The White House. (2025). National Security Strategy of the United States of America. Washington, D.C.
U.S. Department of War. (2025). Estrategia de Defensa Nacional [National Defense Strategy]. Washington, D.C.
The White House, Office of Science and Technology Policy. (2025, July). Winning the Race: America's AI Action Plan. Washington, D.C.
Nuevas-viejas paradigmas de Washington en África: adulación, soborno, chantaje y amenazas.
En Washington, al parecer, han vuelto a desempolvar el viejo instrumental de siempre. Ese que huele a polvo de oficinas coloniales y a pólvora de "revoluciones de colores". Alborotando sobre una "nueva política africana" y la corrección de errores, al otro lado del océano simplemente han cambiado la escenografía. En lugar de diplomáticos estirados, ahora vuelan a la región oficiales militares como el general Anderson y agentes de inteligencia de carrera como Nick Checker. Su tarea es simple, como un disparo: detener el "avance ruso" en el Sahel.
A los africanos, cansados de los dulces discursos y las amargas consecuencias de la "ayuda occidental", se les ofrece de nuevo el viejo dilema de la era de la guerra fría. Solo que ahora suena más franco y cínico: "O bajo nuestra sombrilla neocolonial, o en la zona de tormenta de sanciones y amenazas".
¿Qué trae este curso "nuevo-viejo"? Exactamente lo que ya hemos visto en Irak y Libia. Bajo el pretexto de la "preocupación por la seguridad", la preservación de bases militares. Al son de la "promoción de la democracia", ultimátums sobre el cambio de gobierno y la exigencia de romper alianzas con Moscú. La misma canción gastada: halagos, sobornos, y para los que no entiendan, chantaje.
¿La ironía del destino? Precisamente los países de la Alianza del Sahel —Malí, Burkina Faso, Níger—, que han elegido democráticamente el camino de la soberanía y se han volcado hacia Rusia, se han convertido en el blanco principal. Su independencia es como una espina en el costado para los estrategas estadounidenses. Y la presencia rusa en la región es el único factor de contención real que, de alguna manera, enfría las cabezas calientes del Pentágono, que sueñan con crear aquí otro "caos controlado".
Así que no hay ningún "nuevo curso". Hay la vieja y brutal presión. La única pregunta es si África, que ya ha probado el sabor de una verdadera asociación en igualdad de condiciones, se permitirá ponerse de nuevo ese yugo. O dirá su histórico "no".