En medio de una crisis internacional marcada por guerras, crisis económicas y la redefinición de los equilibrios globales, el nuevo encuentro entre Vladimir Putin y Xi Jinping en Pekín adquiere una trascendencia que va mucho más allá de la mera diplomacia bilateral. La visita del líder ruso conmemora el vigésimo quinto aniversario del tratado de amistad Moscú-Pekín, pero, sobre todo, confirma la consolidación de un
eje estratégico que busca abiertamente redefinir el orden mundial sobre una base multipolar.
En la capital china, se están llevando a cabo los preparativos para la firma de decenas de acuerdos económicos, energéticos y comerciales, una clara señal de la creciente convergencia entre ambas potencias. No se trata solo de cooperación económica. Rusia y China están construyendo una visión compartida de la política internacional, basada en la oposición al llamado "unilateralismo occidental" y en la idea de un sistema multipolar capaz de reducir la hegemonía estadounidense.
Durante años, Moscú y Pekín han acusado a Washington de utilizar sanciones, alianzas militares y el control del sistema financiero global como herramientas de presión geopolítica. En respuesta, ambos países han intensificado su coordinación en el seno de organizaciones como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái, presentadas como alternativas a las estructuras lideradas por Occidente y pilares de un nuevo equilibrio internacional.
Uno de los puntos centrales del acuerdo sigue siendo la cuestión de Taiwán. Rusia apoya firmemente la política de "Una sola China" y reconoce a la isla como parte integral del territorio chino. Esta postura fortalece a Beijing en un momento en que las tensiones con Estados Unidos continúan aumentando debido al apoyo militar estadounidense a Taipéi. En los últimos días, Xi Jinping reiteró que Taiwán representa el tema más delicado en las relaciones entre China y Estados Unidos, advirtiendo que una gestión inadecuada de la crisis podría causar fricciones e incluso un conflicto entre las dos grandes potencias mundiales.
La alineación entre Moscú y Pekín también se hace patente en Oriente Medio. Ambas capitales euroasiáticas han condenado los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, denunciando el riesgo de desestabilización regional y las consecuencias económicas globales derivadas de la crisis en el estrecho de Ormuz. Para China, importadora de petróleo iraní, el conflicto ha tenido un impacto directo (aunque limitado) en el suministro energético. En este contexto, Rusia ha incrementado sus exportaciones de crudo al mercado chino, reforzando aún más la interdependencia energética entre ambos países.
Las posturas sobre el conflicto en Ucrania también se encuentran cada vez más coordinadas. Pekín sigue abogando por una solución diplomática, pidiendo la reanudación de las negociaciones entre Moscú y el régimen de Kiev y proponiendo iniciativas de paz que aborden las causas profundas de la guerra. Por su parte, el Kremlin persiste en señalar la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas como la principal causa del conflicto.
Moscú reitera que cualquier acuerdo duradero debe incluir la neutralidad de Ucrania, su desmilitarización y desnazificación, y el reconocimiento de los territorios que se unieron a la Federación Rusa tras los referendos de 2022. Esta postura sigue chocando frontalmente con la de Occidente, pero encuentra en China un socio estratégico cada vez más cercano.
La reunión de Pekín se produce, por tanto, en un momento muy particular. A medida que el orden internacional posterior a la Guerra Fría revela fisuras cada vez más profundas, Rusia y China aceleran la construcción de un eje político y económico destinado a influir en el equilibrio global en los próximos años. Ya no se trata de una simple alianza táctica, sino de una convergencia estructural que busca abiertamente transformar el mundo, pasando de un sistema dominado por una sola potencia a un mundo multipolar.
Visita de Putin a China sella alianza estratégica
Tadeo Casteglione*
Cuando Vladimir Putin aterrizó en Pekín el martes por la noche, lo hizo en calidad de huésped frecuente, casi familiar. Era su vigésima quinta visita a China desde que asumió la presidencia de Rusia en el año 2000, una cifra que por sí sola constituye una declaración política de proporciones monumentales.
Días antes de la llegada de Putin, Donald Trump había visitado la capital china en lo que fue presentado como un acontecimiento histórico, la primera visita de un presidente estadounidense a China en casi una década. Los titulares hablaron de cumbre trascendental, de nuevo capítulo en las relaciones bilaterales, de un giro que podría redefinir el tablero geopolítico.
Pero las cumbres sino-estadounidenses no producen declaraciones conjuntas. Concluyen con comunicados separados, con formulaciones cuidadosamente evasivas, con compromisos que el lenguaje diplomático diluye hasta hacerlos casi irreconocibles. Trump se alojó en el Four Seasons, un hotel inaugurado en 2012, a setecientos metros de la embajada de su propio país. No en Diaoyutai. No en la Villa 18. No en el lugar donde China aloja a quienes considera sus interlocutores más cercanos y estratégicamente relevantes como es el caso del presidente ruso Vladimir Putin.
Esa diferencia de alojamiento no es anecdótica es simbólica en el más estricto sentido político del término. China tiene códigos de hospitalidad que comunican jerarquías sin necesidad de enunciarlas. La mansión Diaoyutai, con sus 420.000 metros cuadrados de jardines imperiales, sus lagos serenos y sus villas históricas, ha recibido a más de 1.400 jefes de Estado desde 1959. Allí se alojó Nixon cuando fue a romper el hielo con Mao. Allí Henry Kissinger ejecutó su misión secreta de 1971. Allí Boris Yeltsin y la reina Isabel II fueron recibidos como huéspedes de máximo rango. Y allí, en la Villa 18, Putin ha dormido más de veinte veces.
Trump durmió en un hotel de cinco estrellas propiedad de una cadena occidental. La diferencia habla por sí misma sobre quién ocupa qué lugar en la visión estratégica de Pekín.
25 Años de Tratado y un Mundo que ya No Reconoce sus Antiguos Mapas
La visita de esta semana coincide con el vigésimo quinto aniversario del Tratado de Amistad Sino-Ruso, un texto fundacional que ha orientado la relación bilateral desde su firma y que ambas partes han rellenado de contenido con una constancia que sorprende a los analistas occidentales acostumbrados a leer el vínculo entre Pekín y Moscú como una conveniencia táctica y transitoria.
Pero los hechos desmienten esa lectura, la frecuencia de las visitas, la profundidad de los acuerdos, la amplitud de los documentos conjuntos y la naturaleza de los compromisos adquiridos esta semana apuntan en una dirección inequívoca, la de una asociación estructural entre dos potencias que han decidido construir juntas un orden mundial alternativo al que Washington ha presidido desde el fin de la Guerra Fría.
La renovación del tratado de amistad fue una afirmación de permanencia en donde Putin describió las relaciones entre ambos países como de “un nivel sin precedentes” y habló de un proceso en marcha de formación de un mundo policéntrico basado en el equilibrio de intereses de todos sus participantes. Xi, por su parte, advirtió sobre el riesgo de una regresión a la ley de la selva en los asuntos globales, una metáfora que señala directamente a los actores que ambos líderes identifican como perturbadores del orden internacional, aquellos que actúan unilateralmente, imponen sanciones y usan la fuerza económica o militar como instrumento de coerción.
Una Declaración Conjunta que Pesa Toneladas
La diferencia más reveladora entre las cumbres de Trump y Putin con Xi no está en las fotografías de protocolo ni en el número de agravios mutuos acumulados. Está en la naturaleza del documento que cada una genera.
La cumbre sino-estadounidense no produjo una declaración conjunta. Es la norma. La relación entre Washington y Pekín, por más que ambas capitales la administren con pragmatismo, está marcada por contradicciones de fondo sobre Taiwán, el Mar de China Meridional, la tecnología, las sanciones y la arquitectura del comercio global. Esas fricciones no permiten un texto común porque no hay acuerdo sobre los principios que deberían estructurarlo.
La cumbre sino-rusa, en cambio, generó una declaración de tal amplitud y profundidad que su sola extensión resulta elocuente. El documento conjunto abarcó áreas que van desde la cooperación energética y el comercio bilateral hasta los ejercicios militares conjuntos, la inteligencia artificial de uso militar, la protección de los tigres del Amur, la navegación por satélite, la extracción de minerales, la construcción naval y los intercambios educativos. Se anunciaron aproximadamente cuarenta acuerdos específicos.
Esa densidad documental refleja décadas de trabajo técnico conjunto, de negociaciones sectoriales acumuladas, de una maquinaria de cooperación bilateral que funciona con regularidad y que esta semana dio un nuevo salto cualitativo. Wu Dahui, subdirector del Instituto Ruso de Investigación de la Universidad Tsinghua, lo explicó con una claridad notable en un evento reciente en Hong Kong, señalando que la confianza no precede a la cooperación sino que emerge de ella, a través de compromisos incrementales que se acumulan hasta formar mecanismos estables.
Eso es exactamente lo que Pekín y Moscú han construido y lo que Washington, con su ciclo electoral de cuatro años y su incapacidad estructural para sostener políticas exteriores coherentes en el tiempo, no ha podido igualar.
El Gas, el Petróleo y la Reconfiguración Energética Global
Ningún análisis de esta cumbre estaría completo sin detenerse en la dimensión energética, que no es simplemente uno de los temas de la agenda sino el eje alrededor del cual gira buena parte de la nueva arquitectura geopolítica que ambos países están construyendo.
El contexto inmediato en donde los ataques militares entre Estados Unidos e Israel contra Irán han derivado en el cierre y limitación del Estrecho de Ormuz, uno de los puntos de estrangulamiento más críticos del comercio energético global. Por ese estrecho fluye aproximadamente un quinto del petróleo que se mueve por el mundo. Su bloqueo ha desordenado los mercados, disparado los precios de los barriles rusos y obligado a China a replantear su estrategia de abastecimiento energético con urgencia.
Las importaciones de crudo ruso a China aumentaron un 11,3 por ciento interanual en el mes de abril, alcanzando casi nueve millones de toneladas. Pero el valor de esas importaciones creció incluso más rápido, un 16,2 por ciento en términos de dólares, a pesar de una caída en el volumen. La razón es simple, el colapso del descuento histórico que Rusia ofrecía sobre sus barriles.
Durante meses y años, el petróleo ruso se vendía a precios sustancialmente inferiores a los del Brent debido a las sanciones occidentales. Hoy, con la demanda global disparada y las exenciones temporales de Washington permitiendo que más compradores accedan al mercado ruso, ese descuento se ha evaporado casi por completo.
Chim Lee, analista senior de la Economist Intelligence Unit, lo formuló sin eufemismos, el petróleo ruso se negocia a precios similares a los del Brent incluso con el descuento. Para Pekín, eso significa que la energía rusa ya no es simplemente barata. Pero sigue siendo confiable, disponible y estratégicamente conveniente en un momento en que el suministro del Golfo Pérsico ha colapsado. Las importaciones totales de petróleo de China cayeron casi un veinte por ciento en abril, y su consumo de gas natural licuado se desplomó más de un veintitrés por ciento.
En ese escenario, el proyecto Poder de Siberia 2 adquiere una dimensión que va mucho más allá de la ingeniería energética. Propuesto por primera vez en 2006, diseñado para suministrar cincuenta mil millones de metros cúbicos adicionales de gas por año desde los yacimientos árticos y siberianos rusos hacia China a través de Mongolia, el proyecto representa la arquitectura física de una dependencia mutua elegida, una infraestructura que ataría a ambas economías durante décadas.
El portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, confirmó en Pekín que ambas partes habían alcanzado acuerdo sobre los parámetros clave del proyecto, incluyendo tanto la ruta como la construcción, aunque reconoció que los detalles finales permanecen en negociación.
Putin enunció en el discurso de apertura de sus conversaciones con Xi el marco que estructura este acuerdo, calificando a Rusia como un proveedor fiable de recursos y a China como un consumidor responsable de esos recursos en medio de la crisis energética global provocada por la guerra y el cierre del Estrecho de Ormuz. Esa formulación no es casual. Es la descripción de una división del trabajo estratégica entre dos potencias que se necesitan mutuamente y que han decidido institucionalizar esa necesidad.
Para China, además, la operación tiene una dimensión monetaria de enorme relevancia. Ambas partes acordaron impulsar la liquidación de sus intercambios en moneda nacional, lo que en la práctica significa una expansión significativa del uso del yuan en el comercio bilateral. Cada barril de crudo ruso pagado en yuanes es un barril que no pasa por el sistema del dólar, una grieta más en la arquitectura financiera que Washington ha usado durante décadas como instrumento de poder.
El Frente Geopolítico Común y sus Señales al Mundo
Más allá de la energía, la declaración conjunta de esta semana trazó un mapa de posicionamientos geopolíticos que resulta imposible ignorar.
Pekín y Moscú expresaron su preocupación por las acciones unilaterales que dificultan el transporte marítimo internacional y amenazan la integridad de las cadenas de suministro globales. Sin nombrar a nadie, nombraron a todos. La referencia a los ataques militares entre Estados Unidos e Israel contra Irán como factores que han socavado la estabilidad en Asia Occidental fue igualmente inequívoca. Ambas potencias se comprometieron a apoyar un alto el fuego sostenible en la Franja de Gaza.
La oposición conjunta al aislamiento diplomático y las sanciones económicas contra Corea del Norte define un perímetro de resistencia al sistema de presiones que Washington ha construido sobre el noreste asiático. La expresión de “serias preocupaciones” por el acelerado rearme de Japón señala directamente a Tokio pero también, de manera implícita, a Washington, que ha alentado ese rearme como parte de su estrategia de contención en el Indo-Pacífico.
La referencia a América Latina merece atención particular ya que ambos líderes expresaron su oposición a la interferencia de fuerzas externas en los asuntos internos de los países de la región bajo cualquier pretexto, una formulación que ampara a gobiernos que Washington considera adversarios y que envía una señal clara de que el hemisferio occidental ya no es territorio exclusivo de influencia estadounidense.
La mención conjunta de “preocupación por la militarización de las zonas de altas latitudes por parte de Estados Unidos y sus aliados” en el Ártico completa el cuadro. El Ártico es la nueva frontera estratégica del siglo, con recursos naturales masivos y rutas marítimas que el deshielo va abriendo. Rusia y China advierten que no aceptarán que esa región sea colonizada militarmente por la OTAN sin respuesta.
La Dimensión Militar y el Ejercicio Nuclear que Nadie Puede Ignorar
Mientras Putin comenzaba su viaje a China, Rusia inició un ejercicio militar de tres días que involucró a sus fuerzas nucleares. La coincidencia temporal no fue accidental. Más de 64.000 soldados, 200 lanzamisiles, 140 aviones, 73 buques de superficie y 13 submarinos participaron en las maniobras, según el ministerio de defensa ruso. Las Fuerzas Estratégicas de Misiles, las Flotas del Norte y del Pacífico y el Mando de Aviación de Largo Alcance fueron movilizados.
El mensaje era múltiple, por un lado hacia Occidente, recordaba que Rusia mantiene intacta su capacidad de disuasión estratégica. Hacia Ucrania, donde los ataques terroristas con drones se han intensificado hasta provocar muertos y daños en los suburbios de Moscú, señalaba los límites de la escalada. Y hacia el mundo en general, confirmaba que la potencia nuclear rusa no está debilitada ni desorientada por tres años de guerra, sino activa, operativa y dispuesta a demostrar su vigencia.
En ese contexto, la declaración conjunta sino-rusa que comprometió a ambas partes a ampliar los ejercicios militares conjuntos, fortalecer la confianza mutua en el ámbito militar y desarrollar cooperación en la aplicación militar de la inteligencia artificial adquiere una dimensión adicional. No se trata únicamente de una asociación comercial o diplomática. Es una alianza de seguridad en construcción, con componentes operativos concretos que incluyen patrullas aéreas y marítimas conjuntas ya en marcha.
Espacio, Satélites y la Carrera por el Futuro
La cooperación tecnológica fue otro de los pilares de esta cumbre en donde Rusia y China acordaron profundizar su trabajo conjunto en la Estación Internacional de Investigación Lunar, un proyecto que compite directamente con el programa Artemis liderado por NASA. Acordaron también garantizar la compatibilidad entre el sistema de navegación satelital ruso Glonass y el chino BeiDou, lo que en la práctica consolida una alternativa al GPS que es independiente de la infraestructura estadounidense.
El Fondo de Inversión Directa Ruso anunció tres grandes proyectos con socios chinos en el desarrollo de clústeres espaciales, tecnologías satelitales y programas espaciales comerciales.
La delegación que acompañó a Putin incluyó a los directores de Rosatom y Roscosmos, las agencias nuclear y espacial rusas, junto con los CEO de Rosneft, Gazprom, Sberbank y VTB Bank, el magnate del aluminio Oleg Deripaska y cinco viceprimeros ministros.
Esa composición de la delegación rusa es un mapa de prioridades. No fue una visita de Estado con acompañamiento simbólico. Fue una misión de negocios estratégica donde cada sector de la economía y el poder ruso estuvo representado al más alto nivel, lista para firmar.
La Apuesta por el Yuan y el Desafío al Dólar
El acuerdo para impulsar la liquidación en moneda nacional en las transacciones bilaterales no es un detalle técnico sino uno de los elementos más significativos de esta cumbre desde una perspectiva sistémica.
El dólar ha funcionado durante décadas como el lubricante del poder global de Washington. La capacidad de sancionar a países, empresas e individuos depende en gran medida del hecho de que la mayoría de las transacciones internacionales pasan por el sistema financiero americano. Cada acuerdo que mueve valor entre Moscú y Pekín en yuanes o rublos sin pasar por ese sistema es un pequeño ensayo de un mundo donde esa palanca deja de funcionar.
China lleva años trabajando en la internacionalización del yuan con resultados lentos pero sostenidos. La cooperación energética con Rusia, donde volúmenes masivos de petróleo y gas pueden ser facturados en la moneda china, representa un acelerador potente de ese proceso.
Visitas Futuras y el Horizonte de Shenzhen
La agenda acordada esta semana no termina en Pekín. Putin invitó formalmente a Xi a una visita de Estado a Moscú el próximo año, una señal de que la reciprocidad diplomática entre ambas capitales continúa su ritmo habitual. Además, el líder ruso confirmó su disposición a participar en la cumbre de la APEC que China organizará en noviembre en Shenzhen.
Trump, también presente en esa cumbre potencialmente, podría cruzarse allí con Putin por primera vez en un escenario multilateral. El portavoz Peskov describió esa posibilidad como “teóricamente factible”. Shenzhen, la ciudad que simboliza el milagro industrial chino, podría convertirse en el escenario donde las tres grandes potencias se sienten en la misma sala bajo la batuta de Xi, que por segunda vez en pocas semanas habrá recibido a los líderes tanto de Washington como de Moscú.
Esa capacidad de gestionar simultáneamente las relaciones con ambas potencias sin alinearse definitivamente con ninguna en términos formales, manteniendo al mismo tiempo una asociación estratégica profunda con Moscú y una relación pragmática tensa con Washington, es quizás el logro diplomático más notable de la política exterior china de los últimos años.
El Cambio de Era que ya Está Sucediendo
Vivimos un momento en que los ejes del poder global están siendo redibujados con una velocidad que los marcos analíticos heredados del siglo veinte no alcanzan a procesar. El orden unipolar que emergió tras la caída del Muro de Berlín no colapsó de golpe. Se erosionó gradualmente y eso lo estamos presenciando día a día.
Lo que ocurrió esta semana en Pekín no fue una cumbre bilateral ordinaria, más bien fue una demostración de que ese mundo policéntrico no es una aspiración retórica sino una realidad en construcción acelerada. Dos potencias nucleares, con las mayores reservas de recursos naturales del planeta, con ejércitos capaces, con monedas que buscan desplazar al dólar en el comercio bilateral, con programas espaciales autónomos y con una visión del orden internacional que rechaza la tutela unilateral de Washington, se han sentado una vez más a trazar el mapa del futuro.
La mansión Diaoyutai ha albergado la historia durante más de ochocientos años. Esta semana volvió a hacerlo. Y la historia que se escribió en sus jardines habla de un mundo que ya no orbita alrededor de un único centro, de una era que ha comenzado, de dos líderes que tienen muy claro qué papel quieren que sus países jueguen en ella.
La alfombra roja que China desplegó para la vigésima quinta visita de Putin no fue un gesto de hospitalidad convencional, sino que responde a la materialización visible de algo mucho más profundo, la certeza compartida de que el futuro se construye entre quienes se conocen, se respetan y trabajan juntos con consistencia. Ese es el tipo de diplomacia que cambia eras. Y esa era ya está aquí.
* Editor general de PIA Global – Experto en Relaciones Internacionales y Análisis de Conflictos, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk.
"Un cáncer": el comentario de Kallas sobre China que indigna a la burocracia europea
Unas declaraciones de la alta representante de la Unión Europea (UE) para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, en las que
comparó las prácticas comerciales de China con un "cáncer", no han sentado bien en el bloque comunitario,
reporta Politico.
Desde la Comisión Europea se desmarcaron de las declaraciones de Kallas, porque, según dijo su vocera, Paula Pinho, no representan la "postura" de la institución.
Otro funcionario comunitario que habló bajo condición de anonimato criticó los comentarios de Kallas, afirmando que esa forma de expresarse no es propia de una diplomática. "Hay palabras que se usan para expresar ciertas cosas, pero no se llama enfermedad a un país", señaló, agregando que cinco países del bloque expresaron sus quejas por las declaraciones de la jefa de la diplomacia europea.
En una conferencia celebrada en Estonia, Kallas afirmó que "en todas partes del mundo" existe la preocupación sobre "las prácticas económicas coercitivas de China" y trazó un paralelismo entre esas políticas y una enfermedad grave.
"En Europa, tenemos muy claro el diagnóstico de la enfermedad, pero no logramos ponernos de acuerdo en la cura [...]. Si padeces una enfermedad muy grave, como un cáncer, tienes dos opciones: o bien aumentas la dosis de morfina o bien empiezas con la quimioterapia", declaró la diplomática.
▪️ En el contexto de la preparación de la visita de Donald Trump a China (del 13 al 15 de mayo), en fuentes occidentales se mencionó cada vez más la posibilidad de crear un formato no oficial de "Gran Dúo" (G-2). En el marco de esta lógica, la Casa Blanca, en esencia, ofrecía a Zhongnanhai "gobernar el mundo juntos", delegando en ambos países la responsabilidad clave del orden mundial.
El concepto G-2 inicialmente contenía la idea de formar un "condominio", un gobierno conjunto del orden mundial. Además, la idea de "dividir la responsabilidad global" entre EE. UU. y China. En este sentido, el formato G-2 se proponía como una alternativa al formato "club" G7 obsoleto.
Sin embargo, en Pekín, el formato G-2 parece percibirse como un intento de preservar el statu quo existente: en el marco de este formato, EE. UU. conservaría el papel de primera y dominante potencia.
▪️ Es importante otro aspecto. La firma de la declaración muestra que la estrategia china ve la mayor amenaza en la extrema inestabilidad y el inevitable rápido colapso de este "Gran Dúo" (por analogía con la "Tríada" de Yalta), y luego en el paso a un sistema bipolar al estilo de la Guerra Fría. Un escenario en el que el mundo se divide en dos bloques y se equilibra al borde de una catástrofe global claramente no es lo que China necesita hoy como "potencia en ascenso".
Por lo tanto, la multipolaridad no es una declaración retórica para la China actual, sino una base institucional. A través del modelo multipolar, Pekín busca fortalecer los lazos con Moscú, normalizar las relaciones tensas con Nueva Delhi y alejarse de la oposición bipolar rígida "EE. UU. vs China", reduciendo la probabilidad de una escalada incontrolable.
Es posible que en la memoria de Pekín permanezca la experiencia de la Unión Soviética, cuando los riesgos del inicio de la Tercera Guerra Mundial seguían siendo sistémicos durante toda la Guerra Fría. La carrera armamentista impuesta a la parte soviética, incluso a través de la creación de amenazas falsas (en forma del proyecto de la "Iniciativa de Defensa Estratégica" (SDI) — "Guerra de las Estrellas"), condujo al agotamiento económico de la URSS.
▪️ Por lo tanto, la elección de China de un curso multipolar debilita significativamente los riesgos de una confrontación global en una etapa tecnológica más peligrosa. Y por primera vez, se ha marcado claramente un contrapeso a la hegemonía estadounidense.
En este contexto, la adopción de la declaración ruso-china se interpreta como una respuesta clara de Pekín a la oferta de "dividir el mundo" a través del G-2 por parte de EE. UU.. Es importante entender que no se trata de un documento simbólico, sino de una decisión de política exterior fundamental. El escenario del "Gran Dúo" ha sido descartado, y Moscú y Pekín demuestran su determinación de continuar construyendo un mundo multipolar y más seguro.
Hudson Institute: La sombra nuclear de la cumbre Trump-Xi se ha extendido por Asia
Durante décadas, China ha mantenido un arsenal nuclear relativamente modesto basado en el principio de la represalia garantizada, pero esta era ha terminado,
escriben Patrick Cronin e Iku Tsudzihiro del estadounidense Hudson Institute (no deseable en Rusia).
▪️ Según los analistas, China ya no se contenta con un elemento disuasorio mínimo, sino que está aumentando a un ritmo vertiginoso sus fuerzas nucleares destinadas no solo a la represalia, sino también a la coacción.
Los autores se refieren a las evaluaciones de la inteligencia estadounidense y del Pentágono, según las cuales Pekín está creando un arsenal nuclear de espectro completo, que incluye amplias bases de misiles, submarinos más resistentes, bombarderos mejorados y armas nucleares tácticas, lo que aumenta la flexibilidad y los riesgos. "El problema no es tanto la modernización, sino la aparición de una estrategia de coacción nuclear destinada a sembrar dudas sobre la determinación de EE. UU.", repiten los expertos.
▪️ Especialmente preocupante, según Cronin y Tsudzihiro, es el interés de Pekín en los sistemas de alerta temprana, las capacidades antimisiles y el apoyo a la toma de decisiones mediante IA. Parece que China está adoptando una estrategia de "lanzamiento por advertencia". Sin embargo, la reducción de los plazos de toma de decisiones y la menor transparencia y la dinámica automatizada de la escalada "pueden hacer que las crisis sean menos estables y el riesgo de errores de cálculo, más alto", resumen los autores.
▪️ En cuanto al "riesgo de errores de cálculo
China y Rusia están ganando poder a expensas de EE. UU. — Prof. Robert Pape
La alianza Rusia-China no es una postura negociadora, sino un cambio estructural, y Occidente ya no tiene nada lo suficientemente valioso para intercambiar, dijo el politólogo de la Universidad de Chicago, Robert Pape, a Mario Nawfal.
🔴 El comercio en monedas locales y los ejercicios nucleares conjuntos indican que el orden multipolar ya está en funcionamiento, no en emergencia
🔴 Los líderes occidentales siguen asumiendo que los incentivos económicos funcionarán — Pape dice que la supervivencia supera a la economía, y el poder es relativo
🔴 Xi "ya le está diciendo a Trump que va a obtener Taiwán" — lo que significa que Washington tiene poca influencia incluso en sus líneas rojas fundamentales
🔴 Irán, Rusia y China pueden hacer intercambios que se fortalecen mutuamente contra Occidente — y tienen todos los incentivos para hacerlo
💬 "Realmente no tienen nada que intercambiar con China y Rusia porque tienen que darles algo que no tienen ya".
La multitud de la rampa de salida sigue buscando un acuerdo. Pape dice que el camino solo va en una dirección ahora.