geoestrategia.eu
Edición testing    

Editorial > Editoriales Antiguos

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Noam Chomsky es facha, dicen los niños airados de Twitter, y aprietan sus deditos furiosos en el teclado para hacerlo trending topic, un dudoso honor viral que equivale a tirarle abajo una estatua. Puto facha, al final, Noam Chomsky, quién nos lo iba a decir: referente de la izquierda mundial, intelectual, anarcosindicalista, lingüista prestigiosísimo, agnóstico, antiglobalización, un miura verbal contra el capitalismo y contra EEUU, su máximo exponente, al que llama “Estado terrorista y canalla” de “lógica mafiosa”.

Toda la vida le han llovido piedras por radical, a Chomsky, pero su subversión resulta no ser suficiente para tu primo el posmoderno, que te monta el chiringo de la disidencia en un hilo sin fundamento, a golpe de meme y eslogan zafio, como si la disidencia no hubiese que racionalizarla -“en España, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa”, lo adelantaba Machado, ya saben ustedes: un equidistante, un extremocentrista, otro facha-.

El progre de nuevo cuño que campa en internet -en su barrio no le conoce ni dios- se ha enfadado porque Chomsky ha criticado en un manifiesto -con mis adoradas Margaret Atwood y Gloria Steinem, entre otros- la deriva censora de la izquierda -la de la derecha también, ha dicho, pero esa era más clásica y previsible-.

El chaval de la pataleta está haciendo su parte: se ha puesto “antifa” en la biografía de Twitter y se pasa el día pelándosela entre canuto y canuto. Al tercer café le da por lidiar un linchamiento virtual -también llamado “activismo”-, y a la noche, derrotado, se pide un Glovo y se pone una de Netflix para desconectar, porque la revolución virtual también te deja seco. “Mañana será otro día. La invasión recomenzará”, que decía Goytisolo. Vaya facha.

La verdadera izquierda, claro, es ese espécimen hipócrita que un día sube una foto en negro a Instagram y escribe "Black lives matter" pero al día siguiente cruza la acera para no toparse con un pakistaní que tiene muy mala pinta. El que cita la paradoja de Popper y mañana le habla mal al camarero. El que le da a "enviar" a un tuit como quien lanza una sentencia firme: ahí su izquierda pulcra y excluyente donde nadie es lo bastante rebelde -excepto él-, irascible hasta el coñazo, hasta la pérdida completa del matiz, de la capacidad de escucha activa y, lo peor, del sentido del humor. Le dan la razón a Chomsky cuando lo “cancelan” por decir algo molesto: es la nueva izquierda del veto.

Una izquierda amargadilla que le mira el diente al caballo regalado, incapaz de celebrar sus propios éxitos y de reconocer a sus voces más prestigiosas. Porque el prestigio -que Chomsky se ganó estudiando, proponiendo, incomodando y siendo brillante durante 91 años, uno a uno- también es un delito. El prestigio te convierte en establishment y a ver cómo te quitas tú la cruz esa.

Yo no sé a qué clase de marginalidad nos obliga esta piara, a qué tipo de pobreza, a qué tipo de pureza, a qué tipo de ostracismo. Sólo sé que una izquierda sin referentes es una izquierda cutre y mediocre, demasiado soberbia para escuchar a los buenos. Demasiado charlatana para cesar con su verborrea ombliguista un rato y aprender. Una izquierda llorica y permanentemente herida -si tiene más razón Chomsky que un santo- que no entiende, como Paglia, que “un discurso ofensivo en democracia debe contradecirse con otro más ofensivo aún”, no castrándolo ni montando campañas de despidos para el que saca los pies del tiesto. Es una izquierda acomplejadilla y pueril: qué mona.

A Chomsky le dicen facha estos tarados de las redes y a mí se me caen los palos del sombrajo, se me vuela la peluca, los ojos me lloran sangre como a las vírgenes de Cuarto Milenio. Facha. Facha. Qué sencillo, a pesar de todo, resumir las prolijas aportaciones de este hombre de 91 años. Toda su obra. Todo su discurso. Facha. Para el New York Times es el pensador más importante de la contemporaneidad, pero, bueno, ¿quién carajo es el New York Times? Son influyentes, tienen un altavoz privilegiado… Fachas también. Más vale siempre gritar desde las cavernas.

Esto no va de comprar el discurso de Chomsky en bloque, esto no va de mitomanías, claro que no: participar del debate y discrepar es hermoso y oxigenador. Esto va de respetar, con un poco de humildad, a los que han dedicado su vida a escribir, decir y estudiar tanto útil. Va de recordar que mientras él escupía en el rostro de la guerra de Vietnam, mientras traicionaba la tradición intelectual porque lo que consideraba servilismo hacia el poder, mientras montaba un pollo en su propia universidad por razones políticas, mientras apelaba a la responsabilidad del mundo académico para contradecir las hegemonías, la mayoría de los que hoy le critican ni siquiera habían nacido. Algunos sólo se chupaban el dedo.

Dad gracias, amnésicos, que no se os caen los anillos. Dad gracias a que Chomsky existió -y aún existe, con cada vez menos tiempo- para asentar con inteligencia y erudición muchas de las bases de la vida digna que vosotros queréis y no sabéis defender hoy día.

Lorena G. Maldonado

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Ignoro si sabe cómo andan las cosas por esa calle que usted ha pisado poquísimo desde que empezó la pandemia. Ni siquiera se dignó acudir a cualquier hospital para dar ánimos a sanitarios y enfermos, o a los militares, o los familiares de quienes estaban debatiéndose entre la vida y la muerte. Tampoco acudió a ninguna de las muchas residencias en las que nuestros mayores murieron solos, bajo una capa de silencio cobarde, mientras desde su gobierno se instaba a la verbena en los balcones o se daban comedietas vergonzantes en la televisión pública.

No sé si tiene claro que todo lo que prometió en cuanto a los créditos ICO, a los ERTE o a las ayudas a los autónomos ha sido pura propaganda. Los ICO, insuficientes, complicados de solicitar burocráticamente hablando y apenas han llegado a las PYMES; los ERTE, todavía por cobrar en muchos casos y, a los que los cobren, Hacienda les pegará un palo terrible porque la retención es mínima; a los autónomos, que se acogieron al pago aplazado les han obrado de sopetón los atrasos. No hace falta un ministerio de economía para entender que, tras cuatro meses sin facturar ni un céntimo, no se trata de que te aplacen pagos, sino de que te perdonen la deuda o comprender que la mayoría no volverán a desempeñar su actividad, con la pérdida de puestos de trabajo e ingresos para el estado. Usted ha permanecido de brazos cruzados mientras el tejido productivo se ha destruido, sin prestarle la más mínima ayuda como sí han hecho otros países en los que, por ejemplo, se han condonado impuestos a autónomos y se han dado cantidades a fondo perdido para que puedan reiniciar sus actividades.

Le supongo informado de que las paguitas caritativas, dignas de las Pías Damas del Ropero son, en primer lugar, escasas, en segundo, discriminatorias, y en tercero, imposibles de mantener al reducirse drásticamente la recaudación de la hacienda pública justamente por desaparecer el número de personas que contribuyen a la misma. Eso nos lleva a la disminución del PIB y a que los servicios sociales y la beneficencia estén, ya, desbordados por las peticiones de comida. Comida, presidente. En su “nueva normalidad” la gente hace colas que dan la vuelta a la manzana esperando una bolsa de alimentos.

Como no sé si sabe usted lo que le cuento, se lo pongo por escrito. Es infumable que los políticos no hayan tenido siquiera el gesto de bajarse sus retribuciones. Es indecente que no conozcamos los trapicheos en la compra de material sanitario, los nombres de los proveedores. Es bochornoso que hayan cantinfleado con las cifras de muertos, que hayan ocultado que sabían antes del 8-M la gravedad de lo que se nos venía encima, que hayan cercenado libertades modelando ruedas de prensa a su gusto, que hayan permitido protestas contra la jefatura del estado alentadas desde el gobierno mientras prohíben acercarse a la residencia del vicepresidente, que hayan instrumentalizado a la Guardia Civil, que se haya reducido el parlamento a su mínima expresión, que hayan manipulado informes internacionales en su beneficio. En suma, que me parece una sinvergüencería todas y cada una de las cosas que se han hecho desde el gobierno que usted preside. Y no crea que disculpo al resto de administraciones, que si la central ha sido un auténtico desastre, las autonómicas y municipales no les van a ustedes a la zaga. Sufro como catalán y barcelonés a Torra y a Colau.

¿Los resultados? Miles de muertos, miles de familias destrozadas, nuestros sanitarios trinchados, desolados, desmoralizados. Una sociedad en la que el miedo a la disidencia cada vez es mayor, unos políticos que cada vez viven más aislados en su burbuja, una economía hundida, aniquilada, con miles y miles de personas condenadas al paro, y una clase media postrada para muchos años.

Lo peor es que a usted todo eso le da igual mientras pueda seguir en su sillón. Porque, efectivamente, es usted lo peor de esta pandemia. Es usted el peor virus, la peor receta económica, el peor espejo moral, el peor ejemplo a seguir. Y ahora, siga con su vida de maniquí de la nada. No sé si acabará siendo juzgado en esta tierra. Desde luego, cargos, los hay. Pero la historia, infinitamente más justa y cabrona, sabrá ponerlo en su sitio. Ah, y no, no se moleste en llamarme facha. Evítese al menos ese ridículo. Que en 1973, con catorce añitos, yo ya estaba en la CNT.

Miquel Giménez

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Por mucha cancioncita balconeada a coro la que se avecina es de órdago. Los pronósticos económicos auguran años de auténtica necesidad para las gentes que no han aprendido cómo se pasa del mitin demagógico a una lujosa villa con piscina. Vamos a experimentar una crisis de dimensiones tan homéricas que costará mucho recuperarnos. Si hemos de ser sinceros, cualquier gobierno que tuviese que lidiar con este sombrío panorama se las vería y desearía para intentar salir del empeño, pero es que con estos bueyes que tenemos es imposible arar ni un milímetro. Nos pilla en el peor momento de nuestra historia y es la tormenta perfecta en la que se suman una emergencia nacional como no se conoce desde la guerra civil y una clase dirigente que apenas serviría para hacer algo con plastilina en parvulitos.

A ese horizonte lo llaman 'nueva normalidad', pero lo de antes de la pandemia no era, ni de lejos, normal. Porque ni es normal lo que hemos visto en Cataluña, ni con Sánchez, ni con Podemos. Venimos del bolso de Sorayita en el escaño de Rajoy y eso debería haber disparado las luces de alarma. Éramos felices en nuestra ignorancia, porque no hay nadie más encantado de la vida que el necio. Flaubert afirmó que la necedad es indestructible, porque todo lo que lanzamos contra ella acaba por estrellarse. Eran décadas pontificando acerca de los problemas más abstrusos desde la barra del bar con el “Esto lo arreglaba yo en veinticuatro horas”, dando lo mismo que se hablase del paro, del terrorismo o del trasvase Tajo-Segura.

Despreciamos al inventor, al empresario, desdeñamos la meritocracia, para, por el contrario, loar a futbolistas prácticamente analfabetos, a personajes obtusos de la mal llamada prensa del corazón, cuando debería denominarse de los higadillos. Dimos más importancia al editorial del Marca o del Sport que a lo que dijera el New York Times o el Frankfurter Allgemeine. Nos molestaban los intelectuales, los críticos o los cultos que avisaban de que esto se tambaleaba y el deporte nacional consistía en llamarlos cuñados. La ignorancia ha sido tremenda y las universidades auténticas fábricas de fracasados con título.

En este estado de dejación moral e intelectual han ayudado partidos, sindicatos –si es que tal cosa existe en España-, el mundillo reducido y canijo de la cultura de ceja y subvención y, no nos olvidemos, los poderes económicos que veían encantados lo fácilmente manipulable que es un pueblo que sabe más de fútbol que de historia. Las familias tampoco nos hemos quedado cortas, criando a unos hijos discapacitados emocionalmente, inválidos de coraje y paralíticos de ética. Con todo esto ¿qué carajo esperábamos que pasaría? Pues que mientras la cosa funcionaba más o menos íbamos teniendo eso que nuestros padres llamaban un pasar decente. Pero a la que las cosas se han torcido, y de qué manera, a todo el mundo se le ha puesto cara de idiota con resaca, reivindicando, eso sí, su derecho a aglomerarse como si no hubiera un mañana y a exigir la paguita.

A ver si nos vamos enterando. Aquí no habrá ni nueva ni vieja normalidad. El Gobierno sigue siendo la colección de fracasados más tremenda de nuestra historia y la oposición parece La Sonámbula de Bellini. Para quienes lo desconozcan, Amina, la sonámbula protagonista de la obra a la que toman por un fantasma, no es despertada por su amado Elvino por temor a que la impresión sea fatal. De ahí que entre la impudicia totalitaria de unos y el miedo escénico de otros, nada pueda ser normal en nuestra vida política.

No pretendemos ser pesimistas, hay lo que hay, aunque mucho nos tememos que en esa nueva normalidad nos esperen las horcas caudinas. Pero como parece que eso poco le importa al vulgo, habrá que conformarse. En el gobierno deben repetirse lo que escribió aquel magnífico escritor costumbrista norteamericano conocido por su nom de plume como Mark Twain: “¿No tenemos a todos los necios de la ciudad de nuestra parte? ¿Y no son éstos, en cualquier ciudad, una mayoría aplastante?”.

Menuda mierda de nueva normalidad nos espera. Y ahora sigan, sigan con la caja estúpida, que la Esteban y Jorge Javier van a pelearse por sus discrepancias acerca de Heidegger.

Miquel Giménez

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Hace menos de un siglo nuestros abuelos quemaban iglesias. Para ellos era un símbolo del poder y además era fácil, sobre todo era muy fácil; estaban llenas de madera y de telas que ardían bien. No se necesitaba organización alguna, bastaban un par de iracundos y muchas ganas de provocar al orden establecido, a quien por cierto los descerebrados le venían como anillo al dedo para denunciar la barbarie, el radicalismo y el talante despreciable de los oprimidos. Una amañada tormenta perfecta donde cada cual se sentía plenamente realizado. Por lo demás, no afectaba al Poder, sino que lo reforzaba.

Fue una práctica eminentemente española y, como las corridas de toros, salvadas sean las distancias, irritaba tanto como enardecía. No sé cómo demonios se llamaría hoy a eso de quemar iglesias. Decir terrorismo sería impropio porque no daba miedo a nadie; desesperación de los desposeídos tampoco cabría en nuestro lenguaje donde los sindicatos son instituciones, vivimos en un conato de Estado de bienestar y los que nada tienen aguantan con el estatuto humillante del precariado. Tendríamos que adscribirlo a algo parecido a la kale borroka o los destrozos en bienes comunes de la ciudadanía, tal que sucede con la quema de neumáticos, el corte de vías públicas o la agresión física. No se ataca al enemigo: se jode al ciudadano en la esperanza de que se cabree no contra ellos sino frente al Poder. Y además llama la atención.

En Barcelona, sin ir más lejos, hay quien considera una batalla contra el sistema pinchar ruedas de bicicleta o pintarrajea autobuses de turistas -nadie los cita, ahora que se reza por que vuelvan-, y cabe deducir, aunque no lo escribamos, la diferencias entre los antisistema de hace un siglo y los del momento. Pertenecen a otra clase social y eso explica muchas cosas, por ejemplo, la selección de los símbolos. Quemar una iglesia pretendía ser una advertencia a los poderosos; derribar estatuas es un espectáculo que exige pasar por las redes para que los adheridos lo disfruten. Este posiblemente sea uno de los atractivos de que Colón, aquel visionario aventado del siglo XV, se haya vuelto un icono propenso al insulto y la desmesura.

Las grandes fortunas de Europa y América se edificaron sobre la sangre y el sudor de millones de esclavos. Buena parte de ellas se mantienen y hasta han crecido con el añadido de las nuevas esclavitudes que ha traído la globalización económica. ¿Por qué Colón? Sólo cabe una explicación para tomarle como símbolo de la opresión sobre las razas autóctonas: que es tan lejano que nadie sabe ya de su tortuosa vida, de su ninguneo histórico y menos aún de la envergadura de su hazaña. No es sino un signo de barbarie imaginar en este personaje de hace casi seiscientos años una responsabilidad en algo que tenga que ver con el esclavismo contemporáneo y ni siquiera con el incipiente comercio de su época. Lo suyo se cifraba en fama y poder, y la vida le fue pacata en ambas. Es majadería sacar a colación a Colón y a los aventureros que descubrieron a Europa una fuente infinita de posibilidades; después de ellos, nada volvió a ser igual y sólo por eso ya tienen su lugar en la historia.

Somos un hatajo de cínicos barnizados de petulancia. Siempre me atrajo la fascinación de la mediocridad universal sobre la Roma Imperial; no por ella en sí, que también, sino por la beatífica asunción de su equilibrio, su justicia, sus costumbres y sus singulares avatares políticos. Todos admitimos que éramos unos bárbaros frente a aquellos avasalladores guerreros y constructores. Es rarísimo encontrar una página que ponga peros al Imperio Romano; lo aprendimos todo de ellos, incluso su perversidad guerrera. Como chiste para aliviar, valga decir que los únicos que niegan la universalidad romana son los vascos nacionalistas que aseguran orgullosamente que jamás fueron romanizados; mejor les hubiera ido, intuyo, para sus entendederas y alivio de patrioterismos. Una mente lúcida habría deducido lo poco interesantes que debían ser aquellas tierras para que ni siquiera las hubieran hollado quienes tenían a gala no desperdiciar nada que pudieran explotar.

Pero quizá lo de los romanos, tan desalmados como cualquier poder imperial, suene hoy a filme de Hollywood, “peplum” creo que los llamaban en los estudios de Los Ángeles. Colón es más simple, tan vacío como un brindis al sol. Derribamos las estatuas de Colón -¿quién va a salir en su defensa?- y ya estamos, imagino, con la conciencia tranquila; la gran batalla frente al racismo y la xenofobia ha tenido su infantil victoria. ¿Qué más estatuas derribamos para adecentar un presente sin futuro?

En definitiva, es un ensayo con zarzaparrilla lo de las estatuas de Colón, pero no osamos seguir el hilo conductor que nos lleva a los destrozos de Boko Haram en África para borrar las huellas de cultura no islámica, o en Burkina Faso, la ignorada. Confieso que el tema me hiere, aunque sólo sea porque fui uno de los últimos visitantes de los esplendorosos restos de la ciudad de Palmira, aún en aquella Siria donde se decía que los libros árabes se editaban en Egipto, se vendían en Beirut y se leían en Damasco. Pero mi memoria es frágil y cada vez más huidiza y siento que nadie ya podrá gozar una noche de luna invernal entre las desérticas avenidas de aquel ensueño que volaron los islamistas.

Una nueva inquisición nos está atenazando la libertad y lo hace, como la de antaño, para salvarnos. La tortura es más variada que la antigua. El medio, el mismo; constreñirnos a que no podamos pensar diferente, a que cada individuo -¿hay que añadir “e individua”?- debe atenerse a lo que digan los portavoces. Este “neofascismo” de gente asentada que está consiguiendo lo que sus padres, mediocres apostólicos de las iglesias de sus intereses, habían soñado y no lograron: convertirnos en minorías silenciosas sobre lo fundamental, sobre la libertad de pensamiento. De lo demás hay que decir “lo que toca”: la que se dice izquierda es la izquierda, los que se creen asaltadores del cielo son acróbatas del infinito y los que se oponen a la fe carbonera, unos ansiosos de triquiñuelas para ocultar la gloria del liderazgo.

Esta Nueva Inquisición se alimenta de la estupidez, pero no de la suya, que está blindada, sino de la nuestra, que no acaba de entender que nos van enterrar en las pausas del coronavirus. Más que beatificar la España vaciada deberíamos detenernos en la que empieza a susurrar: la silenciada.

Gregorio Morán

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Con motivo de las protestas tras el asesinato de un ciudadano afroamericano en los Estados Unidos a manos de un policía con antecedentes violentos, estamos asistiendo a una auténtica mascarada de presunta “solidaridad” con la minoría negra de ese país.

Son bastante conocidos los problemas sociales que sufre la sociedad norteamericana, hablándose muchas veces de problema racial, para esconder una realidad, que no es otra que un problema de clases, de desigualdad económica y de desintegración comunitaria. No vamos a descubrir nada en este sentido. En cuanto al terrible suceso, se supone que EEUU es un Estado de Derecho y la Justicia se encargará de un crimen tan injustificable.

Lo que el crimen de un policía no puede justificar es una orquestada ola de vandalismo que demuestra el grado de deterioro de nuestras sociedades y la estupidez generalizada en una población totalmente domesticada.  La imagen de “artistas” podridos de dinero, deportistas de élite con descapotable y palanganeros de la falsa intelectualidad postrados de hinojos, apoyando a todos aquellos que braman por las calles gritando “puta policía” para después arrasar con un súper, un humilde comercio de barrio o un mega centro de Apple, agrediendo salvajemente a quienes les plantan cara, muestran que las actuales élites sí que son un auténtico fin de raza, cabecillas de un verdadero ejército del crimen.

Sabemos que los poderosos nos quisieran a todos de rodillas ante sus planes. Pero se le cae a uno el alma a los pies viendo cómo soldados de la Guardia Nacional norteamericana se arrodillan a los pies de esos manifestantes Y es vomitiva la imagen asquerosamente machista de mujeres besando las botas a esos niñatos de facultad pija pagada por sus papis blancos y protestantes.

Como señala Miquel Giménez en Vozpopuli, “Los que fraguaron esta ordalía en el Foro de Sao Paulo, bien pagados por Soros y la plutocracia internacional, pueden sentirse satisfechos. Tras minar el espíritu democrático en Europa y apartar de la política a quienes sentían una robusta creencia en la libertad, se encuentran con el camino expedito para su superestado mundial, en el que solo habrá dueños y esclavos, ricos y pobres, dirigentes y masas adoctrinadas, eso sí, felices de seguir las consignas so pena de excomunión social. Es la utopía de millonarios decadentes y con pose izquierdista que hablan del pueblo, pero son incapaces de dejar propina al camarero o hacer un contrato a su empleada del hogar. Nadie de esta ralea se arrodillará por el vil asesinato del capitán de policía jubilado David Dorn, también negro, de setenta y siete años, que había acudido en auxilio de un amigo suyo propietario de una casa de empeños. Un balazo, disparado por un joven blanco, y a otra cosa. Y su agonía grabada por un móvil insensible e impermeable a la más mínima noción de humanidad. Nadie se arrodillará por aquellos que, también de rodillas, son asesinados cortándoles la cabeza a manos del ISIS. Nadie se arrodillará por quienes pasan hambre, miseria y enfermedades…”

Los poderes nos quieren de rodillas, temerosos, suplicantes por pecados que nunca cometimos. Quieren hacernos sentir culpables, quieren que reconozcamos que somos racistas, fascistas, machistas, homófobos, xenófobos y fumadores.

Y no lo podemos consentir. Por un mínimo de dignidad. Ni aunque nos prometan el Paraíso, que cuando la limosna es grande, hasta el Santo desconfía…

No podemos ser como esos homínidos que berrean en un infecto programa de TV como “Operación Triunfo”, donde unos mamertos se arrodillan para “mostrar su solidaridad” con un hecho ocurrido en una ciudad que son incapaces de señalar en un mapa. Solidaridad de pacotilla, relato mugroso que lo mismo repiten genocidas como Obama o Bush que ese personaje ridículo, ataviado con tiara egipcia, que se dice Papa porque le cayó encima la cagada de una paloma.

Pero si una imagen nos ha producido espasmos y arcadas incontenibles es la de unos miembros de la Policía Nacional española arrodillados por algo de lo que no tienen ninguna culpa… arrodillados ante el amo con el mismo entusiasmo que apaleaban agricultores y ganadores hace unas pocas semanas, o contra los trabajadores de Nissan abocados al paro y al hambre, asaltando a ciudadanos por llevar una bandera nacional o machacando cabezas de estudiantes y obreros como hemos sido testigos una y otra vez a lo largo de los años. Matones y chulos con los débiles, sumisos ovejunos con los poderosos, incluso cuando van a por sus propios jefes y compañeros.

Cobardía lo llaman algunos…

Los que, como los de la imagen de arriba, quieran ser tan patéticos y se tengan tan poca autoestima, que se arrodillen, que se humillen para que sean tendencia un minuto de su vida y le pasen la mano por el hombro la auténtica policía política de este Régimen, la formada por los periodistas de pesebre. Otros no lo haremos jamás… Ni ante Dios, que nunca nos pediría que entregáramos nuestra dignidad como personas ante las satrapías posmodernas.

Con orgullo y la cabeza bien alta… Arrodillarse… ¡¡¡Jamás!!!

Juan A. Aguilar

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

3.000 millones de euros es el valor de los bienes y servicios que generaba España el año pasado cada 21 horas. Como el año pasado no fue ningún año de prosperidad especial, esto quiere decir que con las capacidades de que disponemos a estas alturas del siglo XXI, a nuestro país no le cuesta ningún esfuerzo especial producir todo ese valor en menos de un día.

Pues bien, con 3.000 millones de euros van a tener que conformarse dos millones trescientas mil personas para vivir siete meses, desde junio hasta diciembre de 2020. Ello supone que van a disponer cada uno de unos 186 euros de media al mes. ¿Alguien me puede explicar por qué sacan pecho estos caraduras del gobierno al poner en marcha lo que ellos llaman un Ingreso Mínimo Vital?

Por supuesto que cualquiera de los que en estos momentos están sufriendo problemas reales para subsistir lo recibirán como caído del cielo. No seré yo quien afirme que no haré cola algún día para solicitar esa ayuda si me quedara sin trabajo y hubiera llegado a las condiciones que exigen para ser perceptor. Pero una cosa es que no me queden más recursos y otra muy distinta que le tenga que estar agradecido a estos gestores del capitalismo por hacernos vivir a casi dos millones y medio de trabajadores durante más de medio año con lo que nuestra sociedad produce en menos de un día. Ya dejó la advertencia hace 80 años Miguel Hernández: tened presente el hambre.

PSOE e IU presumían hace un año de querer situar el salario mínimo de un trabajador a jornada completa en 1.000 euros al mes. Ahora 1.000 euros va a ser la cantidad máxima a la que podrá aspirar una familia de tres adultos y dos niños que no consigan encontrar trabajo. Y no hablamos solo de un problema con el salario presente, sino también de la ruina del salario futuro de los trabajadores afectados. En el caso del trabajador activo, éste está cotizando para su pensión y para un posible desempleo. Sin embargo, el perceptor de una ayuda no contributiva no cotiza para su futuro. La patronal debe estar encantada: hemos pasado de pelear el nivel salarial como valor social de reproducción de la fuerza de trabajo, a conformarnos con que tengan a bien asignarnos el nivel de subsistencia más ramplón. La clase trabajadora ha retrocedido un siglo.

Y encima hay que aguantar el oírles refunfuñar con el supuesto “fraude” que estas ayudas van a generar. Hasta hace tres meses -cuando había trabajo- los trabajadores y trabajadoras demostraban no tener ningún escrúpulo para aceptar cualquier trabajo duro, temporal o estacional, que les permitiera llevar un ingreso suficiente a su casa. Aquellos cuyo trabajo no ofrecía la posibilidad de tele-trabajar han arriesgado su salud y la de su familia durante la pandemia con objeto de no perder sus ingresos. Ahora que los despidos masivos nos privan del trabajo, encima vamos a tener que aguantar sus estúpidas acusaciones sobre nuestra preferencia por vivir a la sopa boba de un subsidio de mierda. Pondrán como ejemplo de nuestra vagancia que no queremos ir a la recogida de no sé qué cosecha en la que nos van a tener viviendo en un barracón y meando en una lata.

Si aquí hay fraude es el de ustedes, empresarios “patriotas”. Ustedes que están enviando a los trabajadores a trabajar desde casa haciéndoles pagar todo de su bolsillo. Ustedes para los que toda actividad es imprescindible y nunca encuentran los EPI con los que proteger a sus empleados. Ustedes que han forzado a los trabajadores a coger un ERTE y seguir trabajando ocho horas. Y, si nos detenemos en este último fraude, debemos preguntarnos si no será el Ingreso Mínimo Vital la manera legal de prolongar esta sobre-explotación a perpetuidad y legalmente. Debemos aclarar que el Ingreso Mínimo Vital se puede seguir cobrando mientras trabajas, siempre que la suma no supere el total de ingresos que te descualifican. ¡Qué conveniente para el empresario! Ahora que sabe que el Estado me puede pagar, digamos, doscientos euros, ¿por qué no bajarme el salario esos doscientos euros y hacerme trabajar el mismo tiempo? Total, yo con doscientos euros no puedo vivir, y necesito que me mantenga empleado para llegar al nivel de supervivencia real. Pero no, esta forma de actuar no se va a considerar un fraude; es la manera en la que se están utilizando este tipo de ingresos vitales en todos los países en los que se han instaurado. No son una garantía de libertad para el trabajador, en realidad son una libertad para que el empresario baje los salarios por debajo del nivel de subsistencia, socializando el colchón que evita el estallido social. Son su libertad para aumentar la explotación y los beneficios en momentos de crisis.

Y es que trasladar la discusión desde el ámbito de los derechos de los trabajadores al ámbito de la beneficencia, pone las condiciones para que aún vayamos a peor. El emocionado vicepresidente Pablo Iglesias lo ha dejado claro de forma involuntaria cuando ha comparado el “hito” que han logrado al implantar el Mínimo Vital con la promulgación de la Ley de Dependencia por parte de Zapatero en 2006. ¡Menuda comparación! Se está refiriendo a una ley que se promulgó un año antes de una crisis y que no tenía ninguna financiación definida, lo que permitió al propio Zapatero y a su sucesor Rajoy pasar de ella sin necesitar siquiera su derogación. Ese es el sutil, pero transcendental cambio mental que todos ellos pretenden provocar mediante la transformación de los derechos arrancados por la clase trabajadora en meros derechos humanos. Cuando el trabajador tiene claro que está peleando por su salario, por el fruto de su trabajo, lo hace desde la reivindicación convencida, y parte desde la confrontación de clase. No importa que la pelea del momento sea por el salario directo que se lleva a casa mientras trabaja o por el salario diferido que hasta ahora percibía cuando se quedaba en paro o se jubilaba. Sin embargo, cuando piensa que solo está optando a una ayuda que le han otorgado como medida de gracia, si cierran la ventanilla delante de sus narices y le dicen que se han acabado los fondos, se da la vuelta resignado y va a mirar si queda algo en Cáritas o en el banco de alimentos. Este es el contexto en el que estas “izquierdas” están situando a los trabajadores en los primeros compases de una crisis que se percibe profunda y prolongada.

No, el Ingreso Mínimo Vital no es ningún hito en la historia de los derechos; todo lo contrario. El Ingreso Mínimo Vital es un paso más, lógico y necesario, en un proceso de degradación y desmontaje de los derechos de los trabajadores que comenzó hace cuarenta años y en el que los socios del ilusionado Pablo Iglesias han sido ejecutores cum laude. El Ingreso Mínimo Vital es lo que queda cuando te has cargado el despido nulo, has bajado las indemnizaciones por despido, has acortado y reducido la prestación por desempleo y has suprimido los salarios de tramitación; es lo que queda cuando has convertido a los fijos en temporales, has autorizado las ETTs y el tercer nivel de subcontratación; cuando has aumentado los años para calcular la pensión y elevado la edad de jubilación en un país con desempleo crónico; etc. El Ingreso Mínimo Vital es una vuelta de tuerca más en el aumento de la explotación del trabajo asalariado, ese aumento de la explotación que transforma cada vez más salario en beneficios empresariales. Esta vez con veintiuna miseras horas de trabajo social mantenemos a casi dos millones y medio de trabajadores a disposición del capital durante siete meses. Y lo peor es que no será la última vuelta de tuerca, en los próximos meses sufriremos más.

Publicado por Crónica de Clase

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Las fuerzas de seguridad alertan en informes internos sobre la posibilidad de un otoño caliente de movilizaciones y las encuestas señalan una creciente desafección de los ciudadanos hacia los políticos y partidos (la mitad de los encuestados por el CIS lo señalan como el principal problema del país). Las encuestas de consumo señalan también una creciente falta de expectativas por la crisis económica que se avecina. Es decir, se dan condiciones objetivas para una contestación social intensa, pero no hay suficientes certezas para poder discernir qué expresiones y qué alcance podría adoptar ese descontento o qué movimientos políticos podrían capitalizarlo.

Los analistas coinciden en señalar que todo dependerá de las medidas que ponga en marcha el actual Gobierno para aliviar los efectos de la crisis y de la repuesta de una Unión Europea cada vez más desestructurada. Volvemos a escuchar el mantra del "rescate". Nos avisan de nuevos rebrotes del virus y, por ende, nuevos confinamientos…  Si a este coctel se le suma una creciente desafección, sobre todo entre los jóvenes, no se puede descartar la aparición de fenómenos como unos "chalecos amarillos" a la española o salidas nihilistas al descontento.

La desafección no ha aparecido ahora, viene de atrás, pero como ocurre en las crisis, todo se acelera. Venimos ya de una crisis profunda prolongada en el tiempo, de un malestar hacia la política y los españoles son más pesimistas, pero los estallidos sociales no son fácilmente predecibles. Puede haber un malestar larvado que su explosión dependerá de si el poder logra canalizarlo. Lo que sí podemos asegurar que en estos momentos se están colocando las bases para la contestación de los próximos años.

Uno de los aspectos cruciales es el nivel de confianza de la sociedad en sus representantes políticos, que ahora está bajo mínimos, un factor que alimenta los estallidos sociales y que se ha acelerado mucho en los últimos tiempos. El bipartidismo en España parece muerto y los líderes políticos guardan su última bala y se lo juegan todo a una sola carta.

Pero cuidado, hay indicios de que el descontento, paradójicamente, puede trabajar en favor del sistema y propiciar una cierta vuelta a ese bipartidismo. Si la crisis económica anterior produjo a Podemos y la crisis catalana produjo a Vox, ahora podría producirse la nostalgia de una autoridad fuerte, institucional, con experiencia, capaz de gestionar la sanidad, el ejército, la seguridad social, el Estado de bienestar en su conjunto con todos sus resortes, y eso se concreta en los dos partidos de alternancia histórica en el poder, PSOE y PP, anulando, al menos por un tiempo, los partidos presuntamente alternativos.

Hay otro factor que no suele tomarse en consideración: la polarización. Las versiones digitales de los periódicos, antes de acceso gratuito, tenían columnistas muy influyentes, pero ahora ven reducida vertiginosamente su influencia social, sin webs y sin redes sociales que divulgan sus artículos a todo el mundo al convertirse sus medios en opciones de pago. Antes uno podía curiosear las opiniones ajenas en periódicos de ideario contrario, ahora no lo hará y buscará en los suyos la confirmación de sus posiciones y prejuicios, alimentados por los medios que son afines. Se pierde la pluralidad de fuentes en la formación de la opinión pública y esta se divide y polariza, lo que también podría favorecer el retorno del bipartidismo.

Múltiples teóricos escenarios

Con todo, es evidente que el dolor radicaliza las opiniones porque las hace vehementes y potencialmente violentas. Unas movilizaciones provocadas por una creciente conflictividad, que puede venir del desempleo o "de las colas del hambre” hacen que el escenario esté muy abierto. Dicha contestación podría adoptar tres expresiones diferentes. Una reacción tipo años 30, con una cierta fascistización de la sociedad; otra reivindicativa tipo años 60 y 70 o una forma nihilista, 'antiestablisment', incapaz de entroncar con un movimiento más amplio. Si predominara esta última, la protesta social se agotaría en sí misma sin mayores consecuencias.

Si se sigue una lógica socialdemócrata clásica, dando ayudas a la población abriendo una ventanilla para cada afectado, será difícil que se construya un movimiento de base. Las expresiones de descontento serían más radicales pero minoritarias, quizá nihilistas, ya sean de derechas o de izquierda. Pero la base social del Gobierno iría disminuyendo. Por el contrario, si se desarrollan medidas más universales, no segmentando en función de necesidades puntuales, el escenario sería distinto. Se producirá la polarización y desafección, pero sin capacidad de articularse y quizá con algunos episodios violentos.

Las nuevas generaciones son uno de los agentes políticos en los que más habría que poner el foco. Precariedad, inestabilidad y falta de expectativas forman un cóctel explosivo. La quiebra de expectativas y material van de la mano. Una propuesta política que capitalice parte del voto joven, que se siente más alejada del sistema, más damnificado y sin mecanismos de ayuda, puede aglutinar el malestar larvado. No puede descartarse, por tanto, la posibilidad de una especie de 15-M con rasgos más orientados hacia un nacionalpopulismo radical.

La crisis sanitaria ha preservado a los jóvenes. Pero es muy posible que en la crisis económica ocurra lo contrario: se preserven las pensiones de los mayores pero los jóvenes encuentren muchas dificultades para obtener un trabajo. Por eso es previsible que la voz de los jóvenes se mezclaría en el coro de voces de protesta de la casi totalidad de sectores económicos y profesionales, descartándose una salida tipo 15-M alentado desde la extrema izquierda, sobre todo tras la experiencia de un gobierno como el de ahora, compuesto por una coalición entre la izquierda y la extrema izquierda globalista.

Igualmente, estamos convencidos que las protestas de los denominados Cayetanos en los barrios acomodados y los toscos discursos derechistas como el de Vox, hablando de un “Gobierno criminal, de una dictadura comunista o de campos de exterminio” no funcionará porque es un relato que solo hace que se radicalicen los que ya están convencidos, perdiendo el contacto con la pluralidad de toda la sociedad española.

Para evitar este final, Vox debería dar un giro hacia el proteccionismo social, al estilo Le Pen. En esa línea, podría impulsar una movilización híbrida entre la surgida en Francia con los chalecos amarillos y las movilizaciones del campo en España. Pero mucho nos tememos que las dificultades estructurales de Vox para orientarse hacia una opción populista abandonando el espacio clásico de la extrema derecha española es casi imposible. Están anclados en la lógica ultraliberal y atlantista, y además la competición con el PP les dificulta este movimiento. No parece que sean capaces de lepenizarse y capitalizar el descontento, menos aún con lo que estamos viendo, el descrédito de los liderazgos populistas de derecha en esta crisis, desde Boris Johnson a Trump o Bolsonaro.

Subirse a la ola para enfrentar la “Nueva Normalidad”

Solo un planteamiento de ruptura puede evitar que la protesta social precipite de nuevo en el bipartidismo o en alternativas ya fracasadas y, menos aún, en un nihilismo autodestructivo que la llevaría a la esterilidad más absoluta. Con corona virus o sin él, el sistema dominante se caracteriza como una guerra del 1% contra el 99% de la población, una guerra de los de arriba contra los de abajo, una guerra que nos ha declarado la oligarquía a la que se suma una “izquierda" sistémica y financiada por la mafia globalista que está al servicio de la élite financiera internacional. Una crisis inducida desde arriba, como en el año 2008, que busca esquilmar riqueza desde las clases medias y trabajadoras endeudando a los Estados y a las familias.

Estamos en presencia de ese fenómeno que ha descrito el geógrafo teórico y marxista David Harvey que consiste en el uso de métodos de acumulación con el objetivo de mantener el sistema capitalista, mercantilizando ámbitos hasta entonces cerrados al mercado.? Mientras que la acumulación originaria supuso la implantación de un nuevo sistema, entramos en una fase donde sufriremos una acumulación por desposesión con el objetivo mantener el sistema actual, repercutiendo la crisis de sobreacumulación del capital en los sectores empobrecidos de la sociedad. ?El término, según David Harvey, ha determinado los cambios neoliberales producidos en los países occidentales desde los años 1970 hasta la actualidad y que estarían guiados por cuatro prácticas fundamentales: la privatización, la financiarización, la gestión y la manipulación de las crisis y redistribuciones estatales desde las rentas del trabajo hacia el capital. ?

La razón es que posiblemente nos encontremos en el denominado "invierno de Kondratiev", según el modelo de ondas largas del capitalismo descrito por el economista soviético Nikolai Kondratiev. Un punto crítico en el que el sistema necesita un cambio de paradigma económico que le permita salir de la depresión del ciclo, por eso la oligarquía necesita una voladura del tejido económico y mantener el sistema teniendo en cuenta que más del 70% de la economía es puramente especulativa. Históricamente, estas situaciones se han superado a través de guerras o provocando crisis como la del año 2008. Como la duración de cada onda de Kondratiev varía entre 47 y 60 años y la última comenzó sobre 1990, a estas alturas estaríamos de lleno en ese “invierno”. De ahí la necesidad de grandes inversiones que inicien una nueva revolución tecnológica (¿ahora en la “industria de la salud” o en la del clima?) que requiera bienes de capital que puedan ser rentabilizados durante largo tiempo en un nuevo ciclo. A ese nuevo ciclo lo llaman “Nueva Normalidad”. Es necesario pensar cómo darle la vuelta para que la normalidad pueda ser un Nuevo Sistema que acabe con las crisis cíclicas y su causa: el modelo liberal capitalista.

Juan A. Aguilar

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

«El liberalismo, desde luego, murió de ántrax». ¿Morirá nuestra democracia de coronavirus? La frase inicial es de una de mis distopías favoritas: Un mundo feliz, del Aldous Huxley, una novela llevada como casi todas las de este tipo al cine, en donde una sociedad había llegado al máximo de su felicidad gracias a eliminar emociones, y darse a unas pastillas maravillosas llamadas Soma. Una especie del Imagine de John Lennon donde no es imaginación sino realidad un mundo sin religión ni guerras. Donde todo es nuevo. ¡Qué belleza eso de lo nuevo! El insulto Millennial por antonomasia es, y ustedes perdonen la ordinariez, no porque vaya a escandalizarles sino porque, simplemente, lo es: pollavieja. Una especie de señalamiento cipotudo a quienes parecen que quieren mantener no sé qué privilegios, según los mandatos del feminismo (?) de 4ª ola y sus aliades varones.

Pues lo viejo no está de moda ni entraría en los conceptos de la neocasta que se pregunta asombrado de que haya alguien que no quiera «ser una parte del cuerpo social», como se lee en dicha obra. Por eso hay concejales (lo siento, me resisto a poner aes donde no se pondrían oes al ser terminación en consonante neutra), que dicen que esto del COVID 19 es «un aviso de la naturaleza de que puede ser que estemos llenando la tierra de muchas personas mayores y no de jóvenes» (Elisabeth Merino, dixit). Y hasta el propio Fondo Monetario Internacional (FMI) llegó a denominar «riesgo de longevidad» lo que devendría en un grave problema fiduciario. Y lo que uno espera es que el destino no nos alcance a los que ya peinamos canas y, como en el libro ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio! de Harry Harrison, acabar siendo parte integrante (¡nunca mejor dicho!) del alimento Soylent green.

Las distopías, como ven, siempre se ponen en los escenarios posibles, que dirían los petimetres, más encantadores. Como Espía Mayor tendrán que imaginar que la que considero incluso libro de cabecera y de humor, es Pavana, de Keith Roberts, donde la Felicísima Armada de mi señor el secondo Filipo, tras el asesinato de la hereje Isabel Tudor, llega a desembarcar haciéndonos con la pérfida Albión. Por supuesto, en el más manido de los tópicazos negrolegendarios, el catolicismo meapilesco trentino ha impedido la Revolución Industrial y el progreso, y los inquisidores campan y mandan sobre Londinum (sic). Entrañable.

Pero las que ahora nos vienen a la cabeza son otras más acorde a las declaraciones acojonantes (literalmente, según el DRAE, «que acojona») del Gobierno. Pues oír hablar a la Ministra de Hacienda y portavoz del Gobierno de España, María Jesús Montero, de que hemos de avanzar y posicionarnos «en este nuevo orden mundial»… ¡qué quieren que les diga! Me suena al neolenguaje orwelliano donde está a punto y nada de aparecer el Ministerio de la Verdad de la tantas veces citada 1984, de George Orwell. Hablar de desafección a las instituciones o de que se denuncien conductas insolidarias (ignoraba artículos al respecto en nuestros códigos sobre la insolidaridad). Pues que me suena a uno de los fines del Partido Ingsoc de la obra citada: «El partido instaba a negar la evidencia de tus ojos y oídos. Era su orden última y más esencial». Y el soniquete del legítimo presidente de la Nación de Naciones en Cogobernanza Asimétrica, don Pedro Sánchez, con lo de la Nueva Normalidad me suena a que nos quieren llevar al «mundo infinitamente benévolo del soma». O a no sé qué huerto, que dirían los castizos y no Huxley.

Cuando sale no sé cuántas veces el señor presidente, por la televisión, me vienen sin embargo a la cabeza aquellas palabras de otra distopía como para perdérsela, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury«La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y en realidad da muy poco». Cambien noches por la hora elegida por el prócer socialista, y añadan las comparecencias colegiadas del grupo de expertos grouchomarxianos, y no me digan que no le va la frase al pelo. Pero es que todo lo nuevo, lo nuevo a lo que nos acercamos, HA de ser bueno, en ese Plan de Transición hacia ella. De verdad que no sé porqué se empeñan en tal aserto, y no en recuperar la normalidad a secas. Tal vez porque lo viejo no vende y es momento de vendernos a saber qué a costa del brillo de esa novedad… que nos lleve a otras.

Por eso me vinieron a la cabeza las declaraciones de Carolina Bescansa siendo secretaria de Análisis Político, cuando dijo en su día dijo que «si en España sólo votase la gente menor de 45 años, [Pablo] Iglesias ya sería presidente del Gobierno», y por eso además, PODEMOS siempre ha abogado por adelantar al voto a los 16 años. Lo nuevo es vida. Lo viejo, pasado. Inútil. Esto hace que, inevitablemente, me venga a la cabeza La Fuga de Logan de William F. NolanGeorge Clayton Johnson, y ese tránsito al que tendremos que someternos los, no ya pollaviejas, ¡ni los de mediana edad siquiera!, cuando la flor que se nos impuso al nacer en la mano, se ponga negra, a no ser que nos fuguemos a ese Santuario que aparece como una leyenda. Porque tras el carrusel que vemos en su versión cinematográfica donde parece que nos vamos de este mundo entre palmas palmitas para reencarnarnos, resulta que de eso nada. Matarile del bueno. La efebocracia es así.

Yo no quiero que «las decisiones políticas determinen la vuelta a la nueva normalidad», como anunció Sánchez, sino que gestionen lo que queda de este caos de gestión sin que nadie se ponga medallas con decenas de miles de fallecidos. Ni empezar a echarse los muertos unos a otros. Me da miedo que como en 1984, «quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro». Y hacer crítica constructiva, y permitir hacerla. Pero si no lo es, ¡también! Pues la libertad es el mayor de los dones que las democracias se dan a sí mismas. Acabo con una cita de ese mundo feliz al que no espero llegar, pues de ser así me escaparé al Santuario o al Bosque de los Hombres Libro:

«—¿Por qué está prohibido? [las obras de Shakespeare]

—Porque es viejo

—¿Aun cuando son bellas?

—Sobre todo cuando son bellas. La belleza es atractiva, y no queremos que el pueblo se sienta atraído por las cosas viejas. Queremos que le gusten las nuevas».

Por Javier Santamarta del Pozo

Publicado en ABC

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

No es culpa del Gobierno la catástrofe sanitaria del coronavirus ni lo es la repercusión de la pandemia en una economía tan relacionada con las exportaciones, los servicios y el turismo, pero sí es responsabilidad del Gobierno la gestión negligente de la crisis, más todavía cuando se compara el 'caso español' con los vecinos europeos y cuando se constata que el efecto de la pandemia ha sido aquí mucho más devastador, tanto en la cifra de muertos como en la de sanitarios infectados y en los datos relativos al desempleo, la caída del PIB (llamémosle el RIP) y el colapso económico. Sánchez ha escogido un modelo de gestión autoritario, arrogante y narcisista, razones por las cuales es el presidente del Gobierno quien nos lleva de la mano a ciegas hacia una especie de abismo que se identifica en 10 pasos, 10 metas volantes, 10 escalones.

1.- La subestimación. Las manifestaciones del 8-M representan el pecado original de la crisis, bien por los contagios masivos que se produjeron o bien porque la propia convocatoria ilustraba la subestimación del Gobierno respecto a una epidemia que había enseñado los colmillos en Italia.

Solo 24 horas después de haberse poblado las calles de Madrid de manifestantes, la presidenta de la comunidad, Isabel Díaz Ayuso, ordenaba el cierre de las aulas y se 'activaba' la psicosis nacional.

2.- La improvisación. El coronavirus no ha sido una erupción repentina, ni un terremoto inesperado. Se veía venir desde el este al oeste. Y había demostrado en Italia su ferocidad. El tiempo perdido que tardó en tomarse en serio se añade a la improvisación que se precipitó después y que sigue todavía presente. Sánchez, escudado o escondido en sus expertos, nos ha llevado siempre un paso detrás. Las mascarillas son obligatorias desde hoy en el transporte público, pero Fernando Simón las consideró innecesarias hace un mes. Es solo un ejemplo.

3.- El desabastecimiento. Puede que el episodio más vergonzante de la pandemia consista en la falta de medios elementales para combatirla. Vamos con retraso en los recursos tecnológicos (aplicaciones de móviles) y mucho más lejos de lo anunciado en los test. Se explica así también la criba brutal que ha sacudido a los profesionales sanitarios. Consta que se han contagiado más de 40.000, aunque pueden ser muchísimos más —puede que el doble-, fundamentalmente porque el periodo letal de la enfermedad se afrontó sin mascarillas, EPI ni respiradores. El material no solo ha llegado tarde. Lo ha hecho a veces en estado defectuoso. Y se ha demostrado la negligencia del Gobierno para abastecerse en los 'mercados'.

4.- La descoordinación. Tiene muy poco sentido centralizar la solución del problema y decretar el mando único para luego incurrir en un ejercicio angustioso de falta de coordinación. Es y ha sido esta una crisis caótica, respecto a la armonía logística y territorial que hubiera requerido el abastecimiento, la solidaridad autonómica en la amortiguación de los servicios sanitarios y los funerarios. Sánchez ni siquiera ha sido capaz de ordenar o coordinar su Gobierno. Las divergencias entre los ministros socialistas y los pablistas han conducido a toda suerte de rectificaciones, demoras y contradicciones. Podría entenderse la divergencia en el contexto de la política ordinaria, pero la lucha contra el coronavirus era y sigue siendo una carrera contrarreloj.

5.- El aislamiento político. La sesión parlamentaria del pasado miércoles demostraba por sí sola el aislamiento del Gobierno y explica las dudas con las que Sánchez encara la renovación del estado de alarma. Sería un error neutralizarlo ahora, pero un error enorme ha sido convertirlo en un instrumento de poder particular como defensa de la posición minoritaria. Sánchez no tiene de su lado siquiera a los socios de investidura. Tampoco cuenta entre sus filas a todos los presidentes autonómicos socialistas. Ha preferido un modelo cesarista, ideológico, en lugar de tratar la crisis como un problema de Estado en cuyas soluciones debía haberse involucrado a la oposición, independientemente de la hostilidad de Pablo Casado.

6.- La 'doctrina' económica. Tanto vale el aislamiento político para extrapolarlo al aislamiento en la gestión de la crisis económica. El enfoque ideológico-asistencialista ha creado enemigos insólitos entre los grandes y pequeños empresarios. Permanecen los autónomos desamparados. Y nunca se han establecido las condiciones de un diálogo social. Ha prevalecido un modelo paternalista, como si España tuviera el petróleo de Noruega. España sufre la crisis económica mucho más que sus vecinos. Por el modelo... y por la gestión del modelo. Con casi un 10% de caída del PIB y un 10% de paro —son las proyecciones oficiales del porvenir—, no hay presidente que resista en el poder, aunque Sánchez se jacte de sus siete vidas.

7.- El paternalismo-narcisismo. Paternalismo económico, decíamos. Y paternalismo conceptual. Sánchez ha convertido la crisis en una dramaturgia política que convierte al Gobierno en sabios adultos y a los adultos en niños. Se nos ha tratado infantilmente desde el principio, como si no pudiéramos entender la verdad. O como si debiéramos asimilarla en dosis homeopáticas. Las homilías sabatinas, el lenguaje militar y el egocentrismo han perfilado una perspectiva narcisista. Ya conocíamos la egolatría de Sánchez, pero esperábamos una versión más aseada durante la catástrofe.

8.-Confusión. Ocupa el octavo lugar de la lista, pero no por razones jerárquicas. Podría estar en cabeza. La opacidad del Gobierno en la manera de explicarse, la ambigüedad de las comparecencias, la improvisación, los desmentidos, las aclaraciones, las rectificaciones, han engendrado un estado confusional cuya expresión definitiva acaso sea el manual de supervivencia de las cuatro fases, no ya insatisfactorio y polémico, sino muchas veces indescifrable, y sometido a un código de comportamiento provincial que sirve de pretexto al control central de la crisis. No es fácil cumplir las normas cuando no se sabe cuáles son.

9.- La propaganda. Fue Tezanos quien lanzó el globo sonda y quien exploró la sensibilidad de la opinión pública a un estado de excepción informativo. Sánchez es consciente de la debilidad estructural y financiera de la prensa, como también sabe de la mansedumbre de la sociedad en un estado de sugestión y de 'shock'. Es la perspectiva de la que intenta crear —y a veces consigue— un régimen propagandístico-mediático que convierte los bulos ajenos en delito y los bulos propios en dogma. Se amañan las ruedas de prensa. Se okupan los medios públicos. Y se genera un estado de opinión que intenta convertir las mascarillas en mordazas, como si los reproches al Gobierno equivalieran a un ejercicio de traición a la patria.

10.- El autoritarismo. El estado de alarma obedece a las medidas excepcionales de una pandemia que requiere el control de los movimientos, pero Sánchez tanto lo ha convertido en un instrumento de supervivencia política como en la pantalla de un estado de excepción. Proliferan los juristas que rechazan los excesos sancionadores, las competencias asumidas y los derechos y libertades cuestionados. Ha quedado suspendida la plenitud de la democracia más lejos de lo necesario y más tiempo del tolerable (¿julio?). La excepcionalidad exigía más honestidad con los poderes y más sensibilidad con los contrapoderes —del Parlamento a la prensa, de los jueces a las instituciones—, pero nunca como ahora Sánchez ha sentido en su cabeza la corona de laureles. Le conviene, por la misma razón, evitar cualquier desplazamiento al Senado en los idus de mayo.

Rubén Amón

(Publicado en El Confidencial)

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Cuando la realidad se ha impuesto por la vía de los muertos, los contagiados y la ruina económica, el separatismo ha demostrado algo que muchos denunciábamos hace tiempo: más allá de la retórica vacía y su odio visceral, es incapaz de gestionar nada ni de ofrecer soluciones a la gente. Venía tocado por el abismo que separa a los dos socios de gobierno en Cataluña, JxCat y Esquerra; venía con una batalla cainita librada en la sombra y, en ocasiones, a plena luz del día, entre los que defendían al comodón fugado de Bélgica y al preso de Lledoners; venía del ansia con que Esquerra quiere ocupar el lugar que antaño detentase Convergencia y de la resistencia de esta como gato panza arriba a ceder un palmo de lo que considera su cortijo particular. Pero en eso llegó el coronavirus y los dejó a todos inermes, paralizados, estupefactos. Había que gobernar, ahora sí, en serio, con rigor, con eficacia y con rapidez. Y les pasó lo mismo que a Sánchez y su gobierno de folleto de propaganda. No supieron qué carajo hacer.

Tras los primeros momentos de duda, con un Torra confinado enviándose mensajitos con Puigdemont acerca de literatura, decidieron hacer lo único que saben, es decir, nada, y aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para echar mierda encima a España. Que los ancianos residentes en esos lugares llamados residencias, meros aparcamientos para viejos, fueran cayendo como moscas daba igual. Que no hubieran tests ni equipos de protección para sanitarios ni medias acerca de la economía –estos son los que decían ante la fuga masiva de empresas por culpa del procés que no pasaba nada, que ya volverían y que si no volvían, tanto mejor– les daba lo mismo. Con una consellera de Sanidad perfectamente descriptible por su espectacular ignorancia y una portavoz rechinante y áspera, ya estaba todo resuelto. Garrote y prensa, garrote para los fallecidos por la desidia gubernamental y prensa para edulcorar a base de subvenciones la tragedia brutal que padecíamos y padecemos todos los de a pie. Insistimos, igual que el Gobierno central, que la culpa de uno no exime la del otro, puesto que de gobiernos populistas se trata.

La diferencia estriba en que ni al orate de Sánchez se le habría pasado por la cabeza decir que si habían muertos en Cataluña era porque el separatismo mataba. En cambio, a los de aquí no les han dolido prendas en asegurar que con una Cataluña independiente las cosas habrían sido muy, pero que muy distintas. Incluso en lo miserable existen grados de bajeza. Solo que esta vez no ha colado.

Es por eso por lo que todas las luces de alarma se han encendido en Palau. La gente, incluso los acérrimos partidarios de la independencia, a excepción hecha de los bots convenientemente pagados y adoctrinados, empiezan a renegar de unos dirigentes que ni los llevaron a esa república tantas veces proclamada como inminente ni tan solo han sabido ofrecerles unas mínimas garantías sanitarias. Que si millones de mascarillas, que si no, que sí estarán tal día, que si ahora no llegan hasta dentro de dos semanas, que sí estarán en las farmacias, que a lo mejor todavía no podrán estar, que se colapsa el sistema informático de Salut el primer día en la que se distribuyen. Todo para que, al final, su actuación haya sido lenta, torpe, insegura y costosa, porque aun tienen que explicar que pasó con aquella presunta estafa de la que no se ha vuelto a decir ni pío.

Ni siquiera el gigantesco aparato propagandístico que tiene la Generalitat – el otro día vimos a Puigdemont entrevistado por la señora García Melero, compi suya de paellas en casa de Rahola y asidua de Waterloo – ha conseguido calmar las aguas del agitado océano separata. Uno de los budas mediáticos lazis, Vicent Partal, director del portal Vilaweb, expresaba el malestar del sector de manera contundente: “Nuestros políticos – en referencia a los separatistas -están absolutamente perdidos”, añadiendo que “Todo esto tiene un precio especialmente grave en estos días de muerte y de pandemia”.

Si España nos robaba, en frase acuñada por López-Tena y falsamente atribuida a otros, ahora es responsable de los muertos por el virus. Siempre con mentiras como emblema, porque si tenemos que llorar a los casi veinticuatro mil fallecidos es, en primera instancia, por culpa de un virus del que nadie sabe casi nada. Para empezar, ni de donde salió. Y, en segundo lugar y no menos importante, por la irresponsabilidad de unos políticos, de aquí y de allá, que si a duras penas sabían entender un presupuesto más allá de instrumentalizarlo según sus propios intereses partidistas, mucho menos iban a saber coordinarse dejando a un lado sus diferencias en aras del bien común.

No nos mata ni España ni Cataluña. Nos mata una enfermedad y los pésimos gestores que elegimos para ocupar unos cargos que les venían excesivamente anchos.

Miquel Giménez

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Es difícil encontrar un muestrario de semejante incompetencia, y frente a eso nos piden cada día un ejercicio de fe. O fieles o enemigos, no hay vuelta de hoja. Reconozcamos, porque no es para menos, que el estatuto de enemigo tiene un costo personal que, sumado al peligro de coronavirus, la soledad y los achaques, acaba resultando casi insoportable. El pijerío natural, por clase social y querencia a la seguridad laboral, se atribuye el derecho a perpetuarse al precio de dejarte el cuerpo y la moral hechas una alfombra.

Desde que los funcionarios del Estado, en sus diferentes formas, han descubierto que son el estamento más seguro del establecimiento, al que no afectan crisis políticas ni económicas mientras sepan mantenerse fieles al mando, desde ese momento se convirtieron en portavoces del presente. Ellos deciden quiénes son derechas moderadas y derechas antidemocráticas, quiénes crispan y quiénes son idóneos. Tienen el monopolio de la verdad. Pertenecen a una generación a la que ni les suena aquella virulenta polémica de Rosa Luxemburgo frente a Lenin sobre la libertad de información. La libertad es el derecho a expresarse de quienes piensan lo contrario que nosotros. Lo escribió ella, una radical, poco antes de que la asesinaran los patriotas socialdemócratas.

No nos gobiernan las izquierdas sino unos pijos de novela de Marsé, cuyo primer objeto del deseo es convertirse en propietarios. La modelna Calvo o el adiposo Ábalos cabrían perfectamente en la derecha montaraz si la lucha por el salario seguro no les hubiera arrastrado por otros derroteros; llevan la marca de esa clase política “a lo Rufián”, que saltó del anonimato, cuando no del arroyo, a la tribuna tertuliana. Una vida sin otra preocupación que la fidelidad al mando.

Y entonces les saltó en su culo y en nuestra cara el coronavirus. Éramos electores, carne de urna, y nos volvimos personas y ciudadanos sufrientes. No estaban preparados para esta mutación. Hartos de mentir hasta en el espejo, la realidad les fue dejando a ellos desnudos y a nosotros en los hospitales. Recuerdo aquel grito del actor Nanni Moretti en un mitin multitudinario de Achille Occhetto, al que interrumpió con un intempestivo: “¡Te lo ruego, di algo de izquierdas!”. Como ahora ya no hay mítines nadie podrá gritarle a Pedro Sánchez: “¡Una verdad, por favor!”.

De dónde habrá salido esa comisión científica sobre el coronavirus que sirve para tapar la boca y dejarnos perplejos. ¿De verdad existirá la desquiciada comisión científica o se la habrá inventado el clan de los mentirosos donde aposentan Iván Redondo, Tezanos, Ábalos… bajo la varita mágica del brujo evangélico del Séptimo Día que bien podría abrir y cerrar las reuniones exclamando “Dios está con vosotros mientras yo esté con vosotros”?

¿Desde cuándo una comisión científica se hace secreto de Estado, a menos que sea todo tan falso como los test que se compran, se pagan y no llegan, o están defectuosos? Por mucho esfuerzo que hagan los tertulianos ejerciendo de cruzados de la fe, son demasiadas mentiras para tragarlas de una sentada, se necesita que los adversarios ayuden. Mientras la culpa de las improvisaciones y las estupideces la tenga el PP y se personalice en un tal Casado estaremos en la buena vía. Pueden hacer lo que quieren y más con Podemos ejerciendo de palanganero, para evitar la bulla, a un precio de ganga, pero son tan torpes que ni contando con los dedos les salen las cuentas. Acabarán echándole la culpa al PP del coronavirus igual que hacía Zapatero con Rajoy, el culpable del independentismo catalán que ellos acariciaban.

Decidámonos de una vez a abrir en canal el estómago de nuestra pedestre ideología y admitamos que defender a Casado es conservadurismo, pero hacer lo mismo con Sánchez es reaccionario. Tenemos a una derecha disfrazada que nos gobierna y que ha conseguido algo similar a aquel Vivan-las-caenas que tan orgulloso ponía al macizo de la raza y el toril. Sigamos todos la senda que nos marcan los templados señores de la sensatez. Oírles decir “ahora toca seguir al Gobierno, por España y la ciudadanía” es más de lo que yo había escuchado en mi larga vida de oyente celtibérico. “Sánchez necesita toda nuestra ayuda”. Y por qué, pregunto yo, y para hacer qué, añado. El póker entre novatos tramposos acaba pagándolo el que mira, pero no apuesta. De ahí que la suma del PSOE y el PP, de consumarse en el gobierno, representaría una amenaza mortal para la ciudadanía.

Estamos encerrados en una jaula de locos donde el fuerte sólo se distingue por el grado de mediocridad. No se trata de que paren y vayan achicando la epidemia, sería demasiado pedir, pero nos bastaría que pusieran los medios para contenerla, que compraran material decente, que no se engolfaran con lo que saben hacer mejor desde hace décadas: asociarse a los traficantes de oportunidades y estafas. Cubrir sanitarios muertos con aplausos es una humilde compensación que debería parecerles una obscenidad a quienes forman el anónimo ejército de Pancho Villa, conocido como comité científico, porque nada evita dejar a ese personal sanitario en el desamparo y a nosotros, los pacientes, en el desolador papel de víctimas propiciatorias.

¿Hacia dónde se desvían los beneficios de los buitres de la sanidad? A la ciudadanía no la conmueven las multas y detenciones de algunos descerebrados que se saltan el confinamiento para hacerse una barbacoa. Lo que nos gustaría saber es qué pasa con los estafadores. ¿Quiénes son y dónde los contrataron? Eso es más importante que conocer las intenciones de Pablo Casado o el PP, que me preocupan menos aún que los bulos institucionales de Pedro Sánchez, ese fabricante que aspira a controlar el variopinto mercado de las mentiras. Ni cuando quiere dar una noticia animadora logra evitar la maldición del falaz compulsivo: que salgan los niños a la calle, no, que no salgan, sí a los bancos del dinero, no a los bancos del parque. Ni Cantinflas “avanzando, pero retrocediendo”. Frivolizan con las vidas de los demás.

Estamos en el principio de una catástrofe anunciada. Apenas si ha aparecido en toda su virulencia la verruga de la perversidad. Alcanzaremos, algunos al menos, cierto grado de frágil salud, pero una economía quebrada está a punto de arrasar con el sistema que fabricaron. Enfermos y pobres, la conjunción que temían nuestros padres antes de echarnos a la vida. ¿Se han fijado que en estos tiempos de estupidez de género compartida nadie dice “los muertos y las muertas”? Con la muerte no caben frivolidades.

Gregorio Morán

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Cuando pase la peste vendrán cuervos.

Alimañas de Usura y de vileza

a enriquecerse con desolaciones,

a esclavizar a pueblos endeudados

y a exhibir su cinismo aspaventero

vestido de limosna farisea.

 

Cuando pase la peste habrá grilletes.

Serán obligatorias las mordazas

y un sanedrín de cínicos y putas

dictará las mentiras oficiales

y embustes de obligado cumplimiento

en un mundo de abrazos ilegales.

 

Cuando pase la peste, los culpables

de omisión criminal y necedades

que han llenado las fosas y las morgues

seguirán repitiendo sus excusas

atrincherados en impunidades

y culpando a los muertos. Como siempre.

 

J. L. Antonaya

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

La pandemia que asola al mundo supone el mayor golpe a la que en su día algunos celebraron como la "globalización feliz". Un virus ha hecho revivir el concepto de nación como refugio y como marco de respuesta a la crisis.

El COVID-19 ha destrozado el sueño de un gobierno mundial. A la hora de responder a la batalla contra la enfermedad, las organizaciones como la ONU, la OMC, el G-7, el G-20, la UE o cualquier otro acrónimo que designe a organismos internacionales han sido dejadas de lado para dar paso a las banderas nacionales y a la búsqueda de remedios desempolvando pasaportes y llamadas a la soberanía.

La guerra de las máscaras es la evidencia gráfica de la mascarada que ha puesto de manifiesto la fragilidad de la "sociedad abierta" que con el ánimo de convertir al planeta en un único e inmenso mercado, donde las diferencias nacionales se iban a diluir como una herencia apestosa del pasado.

"Dejar nuestra alimentación, nuestra protección, nuestra capacidad sanitaria, nuestro modo de vida, en suma, en manos de otros, es una locura". Quien así se expresa es el presidente francés, Emmanuel Macron, uno de los principales adalides del mundo abierto y globalizado, del movimiento permanente y sin fronteras, de las sociedades sin cultura propia. Nadie puede ahora estar en contra de sus palabras, pero han sido necesarios miles de muertos para repensar la vía que parecía inexorable hasta hace solo dos meses.

Producir en la nación

"Reducir la dependencia y producir en suelo nacional". "Sin soberanía tecnológica no existe la soberanía política". Son algunos de los lemas que se pueden escuchar ahora de labios de líderes de algunos países europeos, que un día decidieron que la industrialización formaba ya parte de la historia del siglo XX.

Deslocalizar fue la política a la moda durante más de una década. Cerrar industrias y trasladar la producción a países con mano de obra más barata y —en la mayoría de los casos, sin las exigencias sindicales y sociales requeridas en los países de origen dan como resultado que en la Europa, que se considera potencia mundial, los medicamentos, los respiradores, los tapabocas o el gel desinfectante están fabricados a miles de kilómetros y hay que recurrir al atraco, a la requisición, o a las mafias para frenar el número de muertos nacionales.

Desglobalizar y relocalizar

La fiesta del librecambismo, haciendo abstracción de las diferentes normas de producción, sanitarias o higiénicas, ha recibido un severo choque que implica el retorno a la nación, a valorar lo local y a la importancia de la soberanía.

Desglobalizar y relocalizar se convierten en objetivos de políticos que hasta ahora han aplicado reformas en sentido contrario. La hecatombe de muertos dispara las declaraciones compungidas, pero está por ver si una vez pasada la crisis, con el verano europeo entre medias, el mea culpa coyuntural se transformará en hechos.

El consumidor europeo deberá también darse cuenta de que, si quiere volver a consumir productos "made in su país", deberá pagar más por ello. Mantener el Estado Providencia es caro y la responsabilidad no es solo de políticos y empresarios.

"El nacionalismo es la guerra", manifestó en su día el expresidente francés François Mitterrand.

Algunos siguen interpretando esas palabras, pronunciadas en pleno acercamiento francoalemán y, por lo tanto, aplicadas a un contexto concreto, como una vacuna contra los sentimientos de orgullo y defensa de la historia, de la cultura y las raíces que consolidan una nación.

"Nacionalismo no es tribalismo", responde por su parte, el intelectual francés, Regis Debray, autor entre muchos libros de "Elogio de las fronteras". El "sinfronterismo" es la ideología que se incluye en el paquete de la globalización feliz, un elemento indispensable para permitir el paso de personas y, especialmente, de mercancías en un mundo uniforme y sin pasado.

El nacionalismo farmacéutico y sanitario es solo una de las consecuencias de la renuncia a la soberanía. La victoria de Donald Trump, el Brexit, los llamados populismos de izquierda o derecha que se instalan en el poder en Europa eran ya advertencias para una doctrina de apertura de mercados que no quería imaginar las consecuencias.

La multiplicación de desempleados se justificaba como paso inevitable de la transformación hacia un mundo nuevo, donde los trabajos que se perdían en la industria serían compensados por los creados por las nuevas tecnologías. Pero la cifra de desaparecidos por a causa del COVID-19 es más difícil de aceptar. Y los muertos no son reemplazables por robots.

Luis Rivas

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Este país tiene memoria de pez y debe ser gracias a esa característica por lo que Sánchez y sus socios de gobierno son tan impúdicamente mendaces. Ahora exigen unidad. ¿En qué consistiría? Simple y llanamente, en que nadie les lleve la contraria, ni la oposición, ni las fuerzas sociales, ni los medios de comunicación. Unidad de silencios cómplices, unidad para enterrar el cúmulo de despropósitos cometidos, unidad en la mentira, en el encubrimiento, en la falta de respeto a nuestros muertos. Esa es la unidad que reclaman y mal harían quienes, por patriotismo, cayeran en esa trampa.

Mientras Iceta reclama que los presos separatistas se vayan a sus casas a pasar el confinamiento, Ábalos exige a la oposición que se entregue con armas y bagajes; mientras los separatistas ponen palos en las ruedas a las fuerzas armadas, Sánchez nos regala unas lacrimógenas sesiones televisivas, interminables como si se tratase de un discurso de Fidel Castro, en las que no dice nada salvo que han de remar todos en la dirección que marquen él y Pablo Iglesias; mientras ellos se consideran excepción a la regla, exigen a quienes discrepamos que nos resignemos a ser manada; mientras los periodistas del régimen los adulan en una orgía de despropósitos que deja chico al No-Do, quienes creemos tener la obligación de ejercer la crítica estamos estigmatizados.

Quieren unidad para intentar diluir en ella su condición sectaria e intentar salir de este trance limpios de polvo y paja. La suya no es la unidad entre iguales. Su unidad es la de los que se someten al yugo de unos, perdiendo para siempre la libertad. Eso no puede ser más que rechazado por la gente de bien, hartos de tanto político hecho de pura gaseosa, sin nada más que espuma verbal.

Vienen a decirnos que quien no apoye al gobierno es poco menos que un fascista, un insolidario, un elemento asocial, cuando ellos son los primeros que rompieron no pocas unidades a lo largo de su triste ejecutoria. Rompieron la unidad existente en torno a la Constitución de 1978, promovieron el odio entre españoles felizmente superado hasta su llegada al poder, se cargaron la unidad alrededor de las instituciones promoviendo caceroladas contra el jefe del Estado, se apoyaron en aquellos que han roto la unidad proclamando golpes de estado separatistas o apoyando a los etarras. Esos son los que ahora se presentan ante el pueblo español con aires de virtuosas doncellas salidas de una novela de Pedro de Répide diciendo que debemos uncirnos a su carro como bueyes para sacarlos del barro.

No quieren unidad, quieren humillación, nos quieren vencidos e inanes. Bajo ese falaz pretexto existe su auténtica condición totalitaria. Si los separatistas han hablado siempre de la unitat del poble como manta protectora de su sectarismo, ahora son los socialcomunistas quienes empuñan esa antorcha incendiaria para mejor zafarse de su actuación. Agrupémonos todos alrededor del líder, que responde ante la historia, y dejémonos de controles democráticos y pareceres discordantes. Todos unidos en la misma carroza fúnebre que nos ha de llevar a la fosa común de la historia.

Ese llamamiento a la mentirosa unidad es la mejor prueba de su fracaso. No quieren morir políticamente solos porque el terror los atenaza. Desearían que el mundo futuro continuase igual que siempre, con sus privilegios y traiciones aseguradas bajo un paraguas que no merecen. No hay unidad posible, señor Ábalos, señor Sánchez, señor Iglesias, señor Iceta, mientras ustedes sigan en esa torre de marfil que comparten con los enemigos de la nación. Sería mejor que se dejasen de llamamientos estériles y empleasen los gramos de inteligencia que les quedan en gobernar para todos los españoles que sí están unidos, al menos en la enfermedad y la miseria a los que su falta de escrúpulos ha condenado.

Una sugerencia, levanten el confinamiento el Primero de Mayo, apoyando que vayamos todos a contaminarnos en las manifestaciones. Ya lo hicieron el pasado 8 de marzo. Habían alertado a sus ministros, pero callaron ante la opinión pública, ocultando la gravedad de la pandemia. Pueden argumentar que los trabajadores hemos de estar unidos. Siempre habrá cretinos y cretinas que les crean. Eso es lo que les une a todos ustedes, la estupidez. Y la soberbia malvada.

Miquel Giménez

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

 

La peor derrota del Ejército británico en la Primera Guerra Mundial se publicó en la prensa inglesa como una victoria. La batalla de Somme (Francia) en 1916 dejó un saldo de 600.000 víctimas aliadas, que la opinión pública pudo conocer poco después gracias a la determinación de un puñado de medios que desafiaron la censura impuesta por el Gobierno británico.

La ley de Defensa del Reino fue promulgada tras el estallido de la guerra. La norma prohibió cualquier información que pudiera alarmar y desmoralizar a las tropas en el frente o socavara la moral de la sociedad británica. El primero en desafiar la censura fue el corresponsal de guerra del Times, Charles à Court Repington, que reveló graves problemas de abastecimiento de munición para los soldados. El escándalo fue de tal magnitud que obligó al primer ministro a dar entrada a la oposición en el Gobierno para evitar su dimisión.

La libertad de la prensa en tiempos de guerra o de esta pandemia moderna del coronavirus que sacude España es tan importante que da vergüenza tener que recordarlo. La información del Times tuvo consecuencias. El diario perdió miles de lectores y centenares de anunciantes, que consideraban su línea editorial crítica como una deslealtad a la patria en sus horas más difíciles. Lord Northcliffe, editor del Times y el Daily Mail, dijo entonces: "Pretendo contarle la verdad a la gente, y no me importa el coste que tenga".

Coronavirus: atlas de Geografía

El Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ha concentrado un poder extraordinario en el estado de alarma que vivimos para luchar contra el avance del Covid-19. Y los periodistas tenemos el deber y la responsabilidad de no comprar, sin cuestionarlo al menos, la mercancía que pretende vender La Moncloa.

Nuestra primera obligación es sacar de las portadas el atlas de Geografía en el que se ha convertido la información sobre el brote. Los muertos no son un pico, ni una meseta. Y los centenares de miles de contagiados tampoco son una curva. Todos ellos son víctimas, casi 12.000 de ellas mortales. Las cifras son catastróficas. Las expresiones doblar el pico o aplanar la curva son pura propaganda, porque se pueden utilizar en cualquier contexto. Se puede doblar el pico del paro, de derrotas (si hablamos de deporte), de ventas y de casi cualquier cosa que queramos.

Si dentro de 200 años, un historiador accede a las redes sociales de los ministros del Gobierno y los partidos que lo sustentan podrá intuir que algo grave estaba pasando en España en el año 2020. Pero tendrá que buscar otras fuentes para enterarse bien. Hay mensajes, como los del ministro Salvador Illa, que aislados no significan nada.

El Gobierno opera de la misma manera desde que empezó esta crisis. Cada jueves o viernes, el PSOE publica un vídeo de tintes épicos, buena edición y música ad hoc estilo Gladiator. Las ideas fuerza son unidad, esfuerzo, sacrificio y victoria. Todo ello aderezado con extractos de los discursos del presidente, las imágenes de entrega de nuestros sanitarios, Ejército y fuerzas de seguridad y finalmente los aplausos de reconocimiento emocionados que cada tarde rompen el silencio de nuestras ciudades y pueblos.

El vídeo prepara al terreno para la alocución sabatina de Sánchez. El presidente trata de insuflar moral a sus tropas, que somos toda la sociedad. Por lo general, sus discursos acaban en una nueva prórroga del confinamiento, que va camino de los dos meses. Sánchez repite que es un problema global, que lo es. Pero sí entiende de fronteras. No todos los países acumulan la cifra de muertos de España.

Los intereses ideológicos y empresariales

Los medios de comunicación no estamos para contar lo que quiere el Gobierno que contemos. Hacemos un flaco favor a la sociedad si convertimos nuestras portadas e informativos en una sucesión edulcorada de imágenes vacías, curvas impersonales y música del Dúo Dinámico. Queremos saber qué pasa con el material que no llega, por qué compramos pruebas que no funcionan, por qué hemos fallado, por qué nuestra sanidad ha colapsado, por qué está muriendo tanta gente, por qué no actuamos antes cuando pudimos...

Los periodistas y los medios de comunicación vivimos momentos tan difíciles como todos. Somos conscientes de que el daño económico de esta pandemia para el sector será en muchos casos irreparable por el hundimiento de la publicidad. Nos preocupa, como a todos, el presente y el futuro. Vivimos encerrados, tenemos amigos y familiares golpeados por la enfermedad; tenemos alquileres, hipotecas, hijos y personas mayores a nuestro cargo como cualquiera.

Nos podemos incluir en el grupo de los primeros interesados en que la crisis acabe cuanto antes. Queremos que las cosas vayan bien. Y al mismo tiempo, tenemos el deber y la obligación de informar sobre lo que está pasando. El coronavirus es la historia periodística de nuestras vidas, y la que va a marcar a toda una generación. La gente, recluida forzosamente en sus casas, nos está mirando más que nunca. No sirvamos a los intereses ideológicos y empresariales de esta trinchera infinita en la que se han convertido algunos medios de comunicación.

Es muy grave que el Gobierno no deje a los medios preguntar de forma directa. Es preocupante la falta de libertad para poner a los ministros frente al espejo de sus propias contradicciones. La verdad no está en las moralinas del presidente. Y tiene todo el derecho a hacerlas. La reivindicación de centenares de periodistas que firmaron un manifiesto para algo tan simple como poder preguntar sin que nadie del Gobierno filtre y seleccione las preguntas ha chocado con la negativa de La Moncloa a tomar las medidas que se reclaman.

No les hagamos el favor de comprar su propaganda.

Por Jorge Sainz

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Nunca como ahora la palabra futuro tuvo tanta potencia y tantas esperanzas. Pero no el futuro lejano, el que imaginamos de pequeños repleto de coches voladores, robots, viajes interplanetarios, ciudades flotando en el aire e intercambio de pareceres con razas, por lo general, mucho más avanzadas que la nuestra, lo que tampoco es decir mucho. Me refiero a ese futuro que expresamos a diario infinitas veces cuando decimos, “bueno, cuando esto acabe...”, añadiendo algo que hasta hace solo dos semanas nos parecía insignificante. Porque cuando esto acabe lo que nos gustaría sería pasear, abrazar, tomar el aperitivo en una terraza, ir al cine, fisgonear en nuestras librerías preferidas o, simplemente, levantarnos con la certidumbre de siempre, la que nos permite creer que la vida tiene sentido.

Hablo del horizonte próximo en el que hemos cifrado nuestros sueños que, insisto, parecían modestísimos y la crisis del Covid-19 ha revelado como los más importantes. Porque hablamos de vivir. De vivir en la cotidianidad, en esa adorable y acogedora rutina sin la que no sabemos qué hacer, de esos miles de gestos y cosas que hacemos a diario sin reparar en lo benéficos que son para nosotros, para los demás, para la sociedad. Nos dicen los que gobiernan que recuperaremos la normalidad en este o aquel plazo de tiempo. Qué craso error cometeríamos si obrásemos de tal manera. No deberíamos volver a la falsa normalidad en la que estábamos instalados como si nunca tuviera que pasar nada, como si vivir fuese un juego en el que se pueden hacer trampas sin consecuencias.

Deberíamos aprender a construir una normalidad nueva que fuese más allá de los aplausos, los tutoriales y las canciones, cosas que, si bien pueden ser muy útiles ahora, no tendrían que ser un freno para superar junto a la pandemia la enorme crisis de banalidad con la que nos ha pillado. Hemos de madurar como individuos, como país, y para ello estaría bien que encontrásemos el camino ético, intelectual y moral que precisa ese nuevo paradigma. No podemos permitirnos que otro virus nos encuentre con el músculo social atrofiado por la telebasura, el deporte convertido en un escándalo de masas y esa pornografía de las ideas que denominamos políticos. Si no hemos aprendido nada cuando esto acabe, y eso significa cuestionarnos a quienes nos gobiernan junto a aquellos que nos dicen qué debemos pensar, comprar o calificar de bueno y malo, siento decir que nos mereceremos todo lo que nos pase.

Cuando se nos insta desde la oficialidad a que ocupemos nuestro tiempo de forzosa reclusión siempre encuentro en falta el exhorto a la meditación, a la reflexión, a la autocrítica. Esa sería una vacuna al alcance de todos que, administrada con severidad por nosotros mismos, nos permitiría ver en manos de quienes hemos depositado algo tan sagrado e importante como es la buena gobernanza de nuestra tierra. Si no aprendemos que no podemos entregar las riendas del estado a unos aficionados que solo piensan en su propio bienestar, mal iremos.

Porque ese es el asunto. Para regresar al punto de partida sanitario, y ya no digamos económico, hará falta mucho tiempo y serán no pocos los que caerán en el camino. Pero me parece infinitamente peor si lo único a lo que aspiramos es a que las cosas sigan donde estaban, que es justamente lo que preferirían los que mandan. Aquí paz, después gloria, y a seguir con la perpetua pancarta que oculta nuestra incapacidad para hacer nada que no sea llenarnos los bolsillos. No. De ningún modo. La salida de la pandemia ha de suponer un regreso a la salud, pero también a la higiene democrática, al saneamiento de esos establos de Augias en los que hemos convertido a nuestras instituciones, llenándolas de inútiles, vagos, pícaros y malintencionados.

Si les volviésemos a confiar nuestros destinos, no habríamos aprendido nada. Ni acerca de ellos ni acerca de nosotros mismos. Y no sé cual de las dos cosas me produce mayor inquietud.

Miquel Giménez

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

España está enferma. No es un tópico noventayochista. Desgraciadamente es literal. Y cientos de vidas están muriendo en una lucha contra un maldito virus. Confinándonos en nuestras casas a la mayoría, mientras que en el día a día, otros siguen en sus puestos de manera profesional arriesgándose a convertirse en estadística de esta pandemia del Siglo XXI que se ha llevado de un plumazo el tópico de estar viviendo los felices veinte. Tampoco los del siglo pasado fueron tales. Pero ya nadie olvidará este 2020.

Por eso hoy quiero recordar, como Espía Mayor, lo que se me quedara en el tintero cuando escribí un libro llamado Siempre tuvimos héroes. Ya ya. Imagino que estarán algunos pensando, joer con el plumilla, que nos quiere meter de matute publi de su libro. ¡No osara yo tal, por vida de…! Bueno, algo sí. Pero también por una razón. La de que puedan estar orgullosos de nuestra Historia. De tanto bueno que hicimos y todo lo que aportamos al humanitarismo nada menos. Pues esa fue y no otra, la razón por la que lo escribí. Que si andan ustedes creyendo que con los maravedises que da el escribir me estoy haciendo un Creso, ya les digo que craso error. Y me permitan el fácil y pedante juego de palabras.

Cuando leí con grata sorpresa que el Ministerio de Defensa nominaba a su operativo en el apoyo contra el coronavirus como Operación Balmis, no pude menos que recordar ese capítulo dedicado a quien llevara por todo el mundo, y es literal, la vacuna contra la viruela. El alicantino Javier de Balmis, junto con el catalán José Salvany y la gallega Isabel Cendal, la primera enfermera considerada como tal, de la Historia. ¿Cómo no sentirme muy orgulloso de nuestro pasado? Porque no lean de manera literal al coñón de don Miguel de Unamuno cuando dijo eso de «¡que inventen ellos!». O mejor, lean entera la cita y su contexto. Pero sobre todo, sepan que no es verdad.

Pues entre descubridores, precursores e inventores, tenemos sólo en ciencia, para sentirnos toda una potencia. ¿Ciencia en España? A usté se le ha ido la pinza rosalegendaria, señor Espía. Sepa que no, amable y desconfiado lector. Ciencia. En España. Y mucha. Pero como siempre, se nos ha olvidado.

Se nos ha olvidado que fue en 1582 cuando Felipe II instituye en Madrid la Academia de Matemáticas, con un tal Juan de Herrera como director, con ingenieros civiles y militares, arquitectos y cosmo?grafos trabajando juntos, antecedente directo de la Academia de Ciencias, Exactas, Fi?sicas y Naturales. Que fue en tiempos de este denostado Filipo cuando se llevaría a cabo en 1571 la primera expedicio?n cienti?fica de la Historia Moderna en los territorios americanos. De la misma, saldría una descomunal obra de 38 tomos, base de muchos aspectos de la medicina y la farmacopea moderna. ¡Ahí es nada!

Por cierto, un reconocido y venerado científico italiano dijo no estar de acuerdo con su contenido porque no podía creer que tales descubrimientos pudieran ser reales. Lo eran. Y eso que el científico negacionista se llamaba… Galileo Galilei.

Pero es que en 1618, un madrileño de Fuentes de Olmeda llamado Juan Páez de Jaramillo, descubre las fuentes del Nilo (aunque fuera un escocés quien quisera reivindicar tal hecho, y eso que llegó en 1768). Pero lo importante fue su obra Historia de Etiopía que, citando al escritor Javier Reverte: «Los ingleses la valoran como un antecedente de Darwin porque es un libro de alto contenido científico». Y eso que Sir Charles ya fue a su periplo conociendo, además, la obra del militar y científico oscense Félix de Azara, cuya obra era de cabecera del inglés, entre otras cosas porque la escribiría un siglo antes, anticipándose en sus estudios a lo que luego Darwin desarrollaría.

No quiero ser moroso refiriéndome a quienes merecen libros propios. Pero al menos queden citados, como la Expedición Malaspina –  Bustamante, mandada por el tercero Carolo en 1789, navegando por todo el mundo, llevando naturalistas, bota?nicos, astro?nomos, hidro?grafos, y dibujantes que plasmaran todo aquello. O al médico tarraconense Jaume Ferran i Clua, un precursor a finales del XIX de una serie de vacunas, entre ellas las que permitiri?an luchar contra el co?lera, el tifus y la tuberculosis. La labor de nuestro Premio Nobel, Ramón y Cajal, que hizo la neurociencia posible hasta nuestros días, estando al mismo nivel que Einstein para la física. Y hasta, para que vean lo que son las cosas, ¡cómo no citar al logron?e?s Manuel Jalo?n! El inventor de la fregona, esa de la que tanto nos enorgullecemos pacatamente, y no de otro de sus inventos que revoluciono? la sanidad en todo el mundo: ¡las jeringuillas y agujas desechables!

En suma, lugares como la Biblioteca Sanlorentina nos recuerdan que dentro guarda España, como dicen que quedara dentro de la Caja de Pandora, la esperanza. O más bien, el ejemplo de que si fuimos algo muy grande, ese reflejo está aquí. Entre nosotros. Hoy mismo. Ahora y en el presente. Y en ese aplauso que se da cada día a las ocho de la noche, a quienes están en primera línea defendiéndonos. Con batas o uniformes verdes. Civiles y militares. Pero también los que desde retaguardia siguen en sus puestos  alimentándonos, trabajando, y no permitiendo que nos vayamos al garete como sociedad. Como nación. Pese a los traidores, irresponsables y cobardes que siempre y en cada momento de la Historia nos vamos a encontrar. No les demos una línea más de mención. Se irán por el retrete como las toneladas de papel higiénico que hemos acaparado.

Pero no olvidemos nunca, pero nunca, que siempre tuvimos héroes. Y hoy siguen entre nosotros.

Por Javier Santamarta

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

Se puede ser torpe, tonto, mezquino, insensible, mediocre, fatuo o inútil. Se puede ser embustero, charlatán, estafador, cínico, embaucador, sectario o fanático. Pero serlo todo a la vez tiene un mérito extraordinario. Son pocas las ocasiones en las que la historia condensa en tan poca materia gris tamaña retahíla de defectos. Y la cúpula separatista los acumula todos, como estamos viendo estos días a propósito del terrible coronavirus. Lo que según ellos hasta hace solo cinco días era un virus diferente en Cataluña del del resto del mundo –el hecho diferencial, suponemos– y estaba perfectamente controlado, ahora se ha convertido en un llanto y crujir de dientes constante. La culpa, naturalmente, la tiene España que no sabe hacer las cosas bien ni les permite a ellos, tan estupendos, que salven al mundo entero con su reconocido buen hacer y sabiduría.

Menos solventar el problema de la falta de camas hospitalarias –en Madrid se han ofrecido hoteleros de renombre, ¿en Cataluña no hay quien haga lo propio?–, la falta de personal sanitario – los recortes de Mas en sanidad fueron los más salvajes en la UE -, o tomar medidas que a su alcance dentro de la ley, se han dedicado a criticar. Es lo suyo. Que si el gobierno ha hecho un 155 encubierto, que si ellos gestionarían mejor la crisis, que si desplegar a los militares es un pretexto para enviarlos a Cataluña, que por qué los Mossos han de estar bajo las órdenes del ministro del interior, que como no dejan a Torra cerrar el territorio catalán, en fin, lo de siempre pero corregido y aumentado. Por el momento, solo han sabido confinar Igualada. ¿Ustedes han escuchado algo acerca de como piensan movilizar a los millones de amantes de la independencia en tareas de ayuda a los más perjudicados? ¿Dónde están la ANC, Ómnium, los CDR y demás hierbas?¿Conocen alguna medida económica para ayudar a autónomos o pequeños empresarios? ¿Piensan eliminar impuestos propios de la Generalitat que son los más altos en el tramo autonómico de toda España? No. Incluso ante el apocalipsis, están en lo suyo.

Si el coronavirus se ha extendido se debe a que España es como es, porque si de ellos dependiera, en Cataluña no habría un solo caso. Ah, sí nos dejaran a nosotros, exclaman en las redes sociales, jaleándose los unos a los otros totalmente desmadrados en su insania. Ahora, el nuevo mantra es el ejército. Que la UME se haya desplegado les pone en todos sus estados. Ya ven llegar a los tanques por la Diagonal, expresión que evoca el miedo que produjo la entrada de las tropas de Franco en Barcelona. Un miedo que, sin desdecirlo, también supuso alivio porque significaba el fin de la Cheka y, al menos al inicio, del hambre, porque entraban repartiendo chuscos de pan a una ciudad que carecía de todo alimento, mientras los víveres se pudrían en enormes almacenes que causaron estupor cuando la gente los descubrió y vieron lo que allí se guardaba. Hubo quien se ahogó en los depósitos de aceite. Alguien tan poco sospechoso como Paco Candel lo dejó escrito, igual que Díaz Plaja.

Pero la cosa es meter miedo –como si no tuviéramos bastante con el virus– y decir que todo lo que se está haciendo desde el gobierno es para laminar la autonomía catalana. Ojalá, porque si de algo sirve esta crisis es para comprobar que, cuando vienen mal dadas, esto de las autonomías es una completa inutilidad y no hay como un mando centralizado. Que sea mejor o peor son otros Garcías.

Uno le diría a la ministra Robles –menudo zasca le arreó a Torra el otro día– que si ha de encargarle al JEMAD, el general y tocayo don Miguel Villarroya, que envíe a la UME a mi tierra, lo haga. No le tiemble el pulso, ministra. Usted conoce bien a mis paisanos. Estoy convencido que, al igual que en París o Roma, ver a nuestros militares patrullando por las calles, auxiliando en la logística, en materia sanitaria o vigilando estaciones y lugares estratégicos no turbaría ni un ápice a la gente normal. Además, los catalanes tenemos el mismo derecho que el resto de españoles a que nuestro ejército nos ayude.

Que no son tanques lo que vienen por la Diagonal, cenutrios, que es el Estado, que tiene la obligación de velar por todos de igual manera. Igualdad, señores, igualdad, concepto que ustedes odian con todas sus fuerzas a fuer de torpes, tontos, etc. No sigo. Ya conocen la lista.

Miquel Giménez

Publicado en Vozpopuli

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

El Covid-19 (no hay más remedio que empezar así una columna) está poniendo de relieve, destapando, muchas de las vergüenzas de la Administración que hasta que no se ve sometida a situaciones críticas, como lo es la actual, no se (re)conocen.

Es aquí y ahora, en este brete, en donde el poder del Estado, en realidad los poderes -el preciso bisturí de Gustavo Bueno distinguió dieciocho poderes-, se la juega totalmente. Es el leviatán estatal (el poder civil, decían los clásicos) la única y última instancia que puede neutralizar una situación así.

No hay interés particular (ni individual, ni familiar, ni empresarial) que valga, de tal manera que toda ideología liberal, en sus distintas variantes, se desmorona ante el avance del Covid-19. Sólo el Estado puede desplegar y movilizar medios de todo tipo, así como a la propia población, hasta donde sea necesario, siempre teniendo en cuenta, claro, que los recursos son limitados. No es el "camino de la servidumbre" el que representa el Estado, sino el camino de la "salvación", principalmente porque no hay otro.

Cuando en el año 480 a. C. los persas invadieron Atenas, y el Ática entera, Temístocles trasladó a toda la población ateniense (niños y ancianos, sobre todo) a los barcos (una acción que cualquier liberal debía acusar, sin duda, de intolerable intervencionismo), para ser protegidos detrás de la isla de Salamina, en el golfo Sarónico, frente a la amenaza de la flota persa. Aun sin territorio, el Estado (superviviendo en las órdenes de Temístocles, y en la obediencia de la población) era el último muro de contención para proteger a la nación ateniense, con todo el territorio invadido.

La cadena del mando y la obediencia atenienses no se habían roto, por decirlo de algún modo. La victoria frente a la armada persa pudo devolver a los atenienses a sus casas, y se pudieron restituir sus propiedades. Mientras tanto, al otro lado de la isla Salamina, aquellos barcos eran Atenas.

Esa ideología del "hombre que se hace a sí mismo", y que ve al Estado como un constante obstáculo para el desarrollo de la libertad individual y económica ("spenceriadas", llamaba Unamuno a esta visión), se derrumba como absolutamente falsa ante la invasión, no de un regimiento de enemigos atravesando una frontera, sino ante unos microorganismos (y, según algunos, ni siquiera), que se propagan rápidamente poniendo patas arriba la vida social española. Y falsa quiere decir, aquí, a-práctica, imprudente: el "sálvese quien pueda" (anarco-capitalista) resulta -y en estos casos críticos se ve con plena claridad- completamente impracticable, poco menos que ridículo.

Esperemos que el cuerpo político y social español permanezca cohesionado y firme (frente a los muchos factores que buscan su descomposición), y pueda combatir con eficacia lo que ya es, a todas luces, la mayor pandemia que se ha producido desde 1918.

Dudo que aquí, ante esto, y a pesar de la miseria sectaria en la que viven muchos políticos españoles, la salida sea la de mirarse el ombligo autonómico.

También es verdad que los obstáculos administrativos derivados de ese ombliguismo están ahí.

Pedro Insua

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19

En esta España gobernada por asaltatumbas tontilocos, pichacortas acomplejados y colipoterras feministas todo tiene un aire cochambroso y fétido como de bazar chino o de puticlub de carretera comarcal.

El Monipodio de los Diputados, aunque hábitat secular de especies parásitas y coprófagas, nunca había estado tan atestado de mugre intelectual, de basura ideológica y de ordinariez conceptual como ahora.

La corona de chichinabo de los Borbones, aunque tradicional letrina de corrupción y desvergüenza, nunca había mostrado de forma tan impúdica su ausencia de patriotismo y su patológico déficit de testiculina y de vergüenza torera.

Las distintas ganaderías togadas que pastan en las covachuelas y pesebres de la Administración de Justicia, aunque siempre han hecho honor a su fama de ganado resabiado y de embestida poco clara, nunca como ahora habían mostrado su lamentable falta de trapío y su casta de mansos cornalones y alevosos. La sentencia/premio al antifa chileno que asesinó a Víctor Laínez es la muestra más sonrojante del punto de vileza al que pueden llegar los cornúpetas con puñetas.

Los otros marrajos, los de sotana, no les van a la zaga a los de las togas, con escasísimas y heroicas excepciones - Cantera y cuatro más-, en lo referente a hijoputez hipócrita y cobardía nauseabunda. La clerigalla, aunque lleva en sus vaticanos genes de camaleón el superpoder de arrimarse con provecho al sol que más calienta, nunca como ahora había exhibido su impudicia bendiciendo profanaciones y mariconadas. No se sabe si los mueve su propia desvergüenza, el pánico a la chusma pijiprogre o las órdenes de Bergoglio.

En lo militar, la politica de selección inversa que, desde hace décadas, ha llevado al generalato a los más sumisos, obedientes y castrati de nuestros mílites, ha dado como resultado que los mandos de nuestros ejércitos estén orgullosos de llevar el botijo a los yanquis en guerras lejanas y permanezcan callados como sus madres ante la insultante chulería separatista.

Y, en el putiferio más pringoso del gran barrio chino de la democracia, en los partidos políticos, están las putas más tiradas. Y no me refiero solamente a la tropa de sicópatas feministas, garrulos etarras y perroflautas de chalet que forman la banda de Sánchez y sus cuarenta mil ministros, ministras y ministres. A ésos, al menos se les huele desde lejos la endofobia y el odio revanchista.

Son mucho peores las verdosas pajilleras del sionismo que exhiben obscenamente banderitas españolas o los hijos de mil padres como los ediles peperos de Labajos destrozando monumentos a héroes para que los talibanes de la memoria histérica les perdonen la vida cuando se líe parda.

Lo más triste de todo es saber que, si se lía, a lo más que llegaremos es a tirarnos zurullos de mierda como en una batalla de bolas de nieve marrón y olorosa. Y es que faltan cojones para liarse a tiros de verdad.

Ramiro Semper

0,3125